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Leonardo Gil Gómez / Literatura y fotografía

Vidas de Historia, Organización Femenina Popular


El próximo 21 de julio se lanzará en la Casa de la Mujer de Barrancabermeja el libro Vidas de historia, una memoria literaria de la OFP. A Bogotá llegará entre agosto y septiembre.

Era 11 de noviembre del 2001. Un ruido espeso de motores se fue cerrando alrededor de la casa del norte. Solo unas cuantas de nosotras vivíamos cerca, pero fue como si oyéramos las camionetas que se arremolinaron en la calle y la agitación de los sesenta hombres que, empuñando palas y picas, se bajaron de ellas como un enjambre. Eran las diez de la noche pero nadie estaba afuera por temor a romper los horarios impuestos: los paramilitares, entre muchas otras cosas, nos habían quitado la noche.

Cuando nos dijeron «lo que queremos es una novela…» nos quedamos pasmados, mirándonos unos a otros. Ya no recuerdo quién tuvo el coraje de decirles que un proyecto así no era posible, por el tiempo que teníamos, porque éramos muchos y la cantidad de personajes era inabarcable, porque tenemos voces e intenciones diferentes.

Historias de vida

Un conjunto de relatos, en cambio, pareció más razonable, y tal vez algo poético también… Y así fue que emprendimos, en octubre del año pasado, la interesante tarea de levantar una crónica que no fuera una crónica, una historia que no fuera la historia, un conjunto de perfiles que no fueran perfiles. ¿Cómo contar la vida sin las cosas horribles de la vida (pero sin omitirlas del todo), o como quien dice la verdad queriendo disimularla o quien se vale de alegorías para decir verdades…?

Entonces empezó el hostigamiento. Ella tenía que rodear el barrio para ir a su trabajo, con el fin de evitar la calle en la que el hombre vivía. Últimamente, sin embargo, él buscaba cualquier excusa para pasarse horas en frente de su casa, al acecho. “A mí difíciles me gustan más”, les decía a sus amigos en voz alta cada vez que la veía salir y, entre risas, ella apretaba el paso cambiando de dirección.

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Las vidas de Rafael Baena


escanear0001La edición de febrero de El Malpensante viene con una entrevista que le hicimos Óscar Campo y yo  al gran escritor Rafael Baena. Nos reunimos con él en su casa, en dos ocasiones, a principios de 2014, cuando Baena se preparaba para ofrecer una charla en un curso de novela colombiana contemporánea en la U. Nacional.

Hasta su desaparición, el 14 de diciembre de 2015, Baena vivió varias vidas: periodista de guerra, redactor, editor deportivo, fotógrafo… La última fue la de escritor. En cierta medida sus novelas fueron una búsqueda intensa de explicaciones sobre el mundo y la violencia, escritas en una carrera contra el tiempo. El origen de la guerra en Colombia fue una de sus obsesiones.

Los dejo con un fragmento de la entrevista, que en El Malpensante, viene acompañada de unas magníficas ilustraciones de Juan Gaviria.

Para decirlo en una sola frase, yo no podría ser novelista sin haber sido periodista. Y sí, ese tiempo en que parecía que literariamente no pasaba nada en realidad estaba pasando mucho, porque a lo largo de varias décadas estuve acumulando material y herramientas.

(…)

2016-02-12
Baena, ilustrado por Juan Gaviria

Intuyo que lo que hago es poner la técnica al servicio
de la sencillez, la verosimilitud, la legibilidad y una seriede valores que a mí me parecen importantes. Además creo que vivimos un tiempo en que, como nunca antes, es más imperativo y clave seducir al lector y facilitarle las cosas. Tampoco se trata de escribir para idiotas, pero sí de ayudar a ese lector y de paso ayudarse uno mismo porque la competencia es brava y ni siquiera es contra otros libros: la narrativa contemporánea está en la televisión: Mad Men, Breaking Bad son series que les sorben los sesos a los espectadores porque son buenísimas. ¿Puede haber algo más siglo xxi que esa vaina? Les podrían dar el Nobel a esos guionistas, es una cosa muy bien hecha, es literatura; solo que hacen un storyboard y luego lo filman, pero los guiones, el sustrato, son las buenas historias. De modo que si uno quiere seguir apegado al papel impreso o siquiera a las tabletas de lectura, por lo menos tiene que estar a la altura de la competencia. No se puede correr contra Usain Bolt usando botas de combate, hay que ponerse zapatos livianos y probablemente se pierda la carrera, pero no van a decir que fue porque se corrió con botas Grulla.

Hasta siempre, Alberto


Pocos poemas guardo en el corazón con el cariño que le tengo a “Viéndolas llegar a la universidad”, de Alberto Rodríguez Tosca. De eso hace unos diez años, cuando con el grupo de amigos de la Distrital pintábamos las paredes de la universidad con poemas, mientras tratábamos de adivinar la fórmula para mantener a flote una revista de poesía. Entonces nos parecía que el universo del poema y el universo que recorríamos todos los días en la universidad coincidían perfectamente. No era para menos, las escaleras de la sede Macarena parecían ser el lugar de aquel poema. Años después, Alberto me diría qué universidad era la que quedaba a pocas cuadras de su casa, cómo fue que ellas inspiraron su texto. Por el bien de mis recuerdos olvidé su precisión.

Alberto Rodríguez Tosca y Marta Álvarez, al finalizar una clase de poesía de la Maestría en Escrituras Creativas. Bogotá, 2011.

No son muchos los recuerdos que tengo de él, pero todos son cercanos, entrañables: ese texto que en mi cabeza siempre estará en la pared de la universidad, un taller de poesía en Medellín en el año 2005, donde comprendí los alcances de la metáfora, y los encuentros de la Maestría en Escrituras Creativas, de la U. Nacional, donde tuve la oportunidad de tomar otros talleres con él. Pero, sobre todo, la conversación después de las clases, su sensibilidad cargada de humor. Hoy a mediodía me enteré de su partida, y de nuevo volvió esa sensación que lo asalta a uno cuando ve que sus maestros se van. Quedan las lecturas, claro, Las derrotas, El viaje, Todas las jaurías del rey… Pero si es triste que un autor querido al que solo nos une la callada conversación de la lectura se vaya, lo es aún más la muerte de aquel cuya sonrisa recordamos.

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Poema No. 30 (Nelson Romero Guzmán)


Si algo me gusta del gran poeta que es Nelson Romero Guzmán, es su capacidad para crear sus propias mitologías, desprovistas de solemnidad y dueñas de un universo imaginado sin límites. Eso, y el que, con la misma gracia, subvierta las mitologías existentes. Para la muestra, este botón:

La ciega Narcisa enloqueció y dijo: “Estoy en el paraíso”. Ese lugar no existía, hasta que la alucinada lo pronunció, y alguien tomó papel y pluma para escribir su viaje, y para meternos en este embrollo.

No se llamó Eva, se llamaba Narcisa, loca y ciega. Nombre bastante usado en la época de las grandes alucinaciones: la serpiente, la manzana, el engaño, el trabajo, el destierro. Alguien escribió mal su versión para condenarnos.

En un inquilinato, Narcisa padeció la peor de las crisis de su mente: se vio salir por las costillas del hombre.

En ese tiempo trabajaba de jardinera. Las aves la querían, y una vez se enamoró la ciega, hasta que el mismo amor la arrastró, y su mente se fue dando tumbos de hospicio en hospicio, la muchacha pobre, la jardinera.

Al nombrarla nos burlamos de su noche.

Si algún lugar de verdad fuera el Paraíso, sería una clínica de enfermos mentales, donde stuvo asilada Narcisa.

Lo demás es la falsa versión del psiquiatra del génesis.

Revelaciones de un cronopio


La Biblioteca Luis Ángel Arango tiene una curiosa forma de proteger los libros que, a la hora de escanear la carátula, me pareció chévere: ese marco rojo de la cubierta, la hoja en blanco que "descentra" la posición de la carátula original...
La Biblioteca Luis Ángel Arango tiene una curiosa forma de proteger los libros que, a la hora de escanear la carátula, me pareció chévere: ese marco rojo de la cubierta, la hoja en blanco que “descentra” la posición de la carátula original…

En mi caso -disculparán los que odian el lugar común-, todo comenzó con Cortázar. Tenía 17 años y me sentía desubicado: había empezado una carrera que odiaba y, aunque me esforzaba en mis estudios, los resultados eran menos que mediocres. Además, tenía la sensación de haber abandonado algo. Fue una conversación con un primo que, en nuestra adolescencia fue un lector más asiduo que yo (yo era un vago, me había acostumbrado a leer por obligación en el colegio y había olvidado el placer de leer porque sí); de hecho, más que la conversación, fueron los libros que me prestó: El coronel no tiene quién le escriba, La metamorfosis y Rayuela. El primero solo lo leí algunos años después, el segundo lo despaché con relativa rapidez y Rayuela fue el inicio de una serie de transformaciones que me tienen hoy dedicado a la literatura. Seguir leyendo “Revelaciones de un cronopio”

En tierras del cóndor…


Carátula de la muestra de poesía preparada por J. M. Roca y Jaidith Soto.

Hace poco más de dos meses se lanzó en la Feria del libro de Bogotá la antología de poesía En tierras del cóndor (No puedo decir mucho de cómo le ha ido en el mercado, pero pueden encontrar reseñas del libro aquí y aquí). En ella se incluyen un par de textos míos, de los cuales les dejo uno breve a continuación:

 

 Adán

Señor
cómo explicar
este silencio agudo:
una serpiente atravesada en la garganta
en el vientre
bajo la piel
     afuera
                atrás
                     delante de ella.

It might get loud


Esto es lo que pasa cuando dejas a Jack White, Jimmy Page y The Edge juntos en un estudio de grabación…

Jesse James según José Martí


Hoy les traigo una joya del periodismo literario (se adelanta algunos años al término, si nos ponemos de puristas), publicada originalmente en La opinión nacional, periódico publicado en Caracas en 1882: Seguir leyendo “Jesse James según José Martí”

La buena fe


Que un programa íntimo alcance magnitudes universales es algo a lo que pocos aspiran. Con suerte la ambición de hablarle a todo el mundo concede un lugar para el encuentro silencioso de dos mentes que tienen algo en común. El lugar de los grandes está reservado para aquellos que, como dicen que dijo el ruso, retratan su aldea.

Esta semana me encontré con esto:

Al lector

Lector, éste es un libro de buena fe. Te advierte desde el inicio que el único fin que me he propuesto con él es doméstico y privado. No he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria. Mis fuerzas no alcanzan para semejan te propósito. Lo he dedicado al interés particular de mis parientes y amigos, para que, una vez me hayan perdido —cosa que les sucederá pronto— puedan reencontrar algunos rasgos de mis costumbres e inclinaciones, y para que así alimenten, más entero y más vivo, el conocimiento que han tenido de mí. Si hubiese sido para buscar el favor del mundo, me habría adornado mejor, con bellezas postizas. Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido. De haber estado entre aquellas naciones que, según dicen, todavía viven bajo la dulce, libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero y del todo desnudo. Así lector, soy yo mismo la materia de mi libro; no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y tan vano. Adiós, pues.

Desde Montaigne, a 12 de junio de 1580.

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