Desde hace un tiempo me he vuelto lector asiduo de unos cuantos Blogs. Me parecen cada día más importantes y creo que he caído en la reprochable actitud de admirar a sus autores. Pero creo que el señor Alber Vásquez, por el sólo hecho de publicar cosas como éstas, merece que me aguante uno que otro reproche. No tanto por la calidad de los poetas que sugiere, sino por la calidad de sus críticas:

4 de marzo de 2009

La soledad del centrocampista

Esta mañana me he leído el libro de Jesús María Cormán Gabinete de crisis. Yo me he leído la versión impresa (preciosa, por cierto), pero os lo podéis bajar desde aquí completo, gratis y en formato PDF.

Cormán es de esos poetas que a mí me gustan, pero que no me entusiasman. No creo que ni siquiera él lo pretenda (entusiasmar, digo). Su poética es de corte intimista, ausente, vago e introspectivo. Como si cualquier palabra sobre el poema ensuciara la perfección de la página en blanco.

Por decirlo de alguna forma, yo creo Cormán siempre ha de ser un centrocampista titular en el equipo: sabe recoger bien los balones que le envían desde abajo y sabe conectar con los hombres avanzados para que estos intenten el gol. De hecho, el propio Cormán, en ocasiones y cuando las circunstancias lo permiten, controla bien de pecho, se echa el balón a los pies y encara con arrojo la portería ajena. Son esos momentos en los que los delanteros se han despistado o, simplemente, el centrocampista ha visto su oportunidad: y la aprovecha.

Pero Cormán es un centrocampista nato y él lo sabe. Sube pocas veces hasta la portería ajena y, cuando lo hace, dribla con honestidad a los defensas del equipo contrario. Y ese, básicamente, es para mí su problema: que los dribla con soltura (porque Cormán tiene muchas horas de juego y sabe una tonelada de trucos) y chuta a gol. Y ya está. A veces la mete y a veces no.

Yo, si fuera entrenador, lo pondría siempre de titular.

Sin embargo, no me gusta la actitud excesivamente conformista de Cormán. Cormán se enfrenta a los defensas y trata de irse con el balón, cuando lo primero que un poeta debe hacer, cuando se topa con el contrario, es arrearle un cabezazo en el esternón para, así, dejarle sin respiración. Y una vez que el defensa esté en el suelo e indefenso, tiene que darle con el puño cerrado en la cara hasta que te sangren los nudillos. Si los nudillos no sangran, no pares, porque todavía el tipo no ha recibido lo suficiente. Y al balón que le den por culo. Y al defensa contrario, que le den por culo. Y a toda la puta afición que atrona en la grada que se la lleven los mil demonios. Pero tú dale fuerte al puto defensa. Con saña. Hasta que te pida, por tu santa madre, que pares. Entonces, sólo entonces, estamos hablando de poesía, de auténtica poesía cuya lectura te sacude las entrañas.

Lo otro, es hacer un papel digno.

Un poema de Cormán; de aquel día en el que disparó a puerta y marcó:
Hallamos un lugar
en la estampida:

sábanas limpias,
leña en el fuego,
el diapasón de las horas.

Miramos a través
de la ventana esperando
amanecer.

Entonces el alba: esos ojos
de animal asustado.

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