Feria del libro de Bogotá.

Pasa el tiempo y cada vez es más difícil comprar poesía. Los autores de culto, dada su escasez o el cuidado de las ediciones en que se consiguen, en ocasiones resultan fuera del alcance; además, de una manera u otra, ha habido cómo leerlos. Así que se espera encontrar un nombre nuevo, ojalá una nueva influencia, una fuente de dónde beber, o algo que simplemente satisfaga las expectativas en el mintuto que tiene un libro para demostrar, una hoja aquí y otra allá, que vale la pena comprarlo; así que, con un par de libros entre las manos, parado en la librería (el stand en este caso) se pone un tamiz que suele resultar en la desazón de las manos vacías y una búsqueda infructuosa.

Entonces viene la desilusión de ver que las pocas editoriales de poesía ofrecen lo mismo de siempre o que, sencillamente, el mercado acá es tan mezquino con el tema que las estanterías no se renuevan en años.

No obstante, la paciencia trae cosas buenas, y encontré dos libros que seguramente devoraré con avidez. El primero, de Juan Gelman, de uno de mis autores favoritos. otromundo, antología de su obra hasta el año 2007. Los dejo con:

El árbol

De la violenta madrugada

un hombre entra a su casa y el olor de sus hijos

le golpea la cara, los olvidos, la furia,

ahora cierra la puerta con doble llave

y se saca la gente, la ropa con cuidado,

apaga los gritos de la camisa

o los ojos del camarada que brillan en la cárcel.

Y oye cómo se mueve la ternura en la pieza,

bajo sus ramas dormirá todavía una noche,

bajo sus ramas yacerá cuando caiga.

El otro fue un pequeño hallazgo: Cuadernos de Tyler Durden seguido de Fundación de la casa, del escritor mexicano Mijail Lamas. Reúne dos poemarios en una breve presentación. Debo decir que, aunque aún se perciben algunos lugares comunes, tiene una voz con la fuerza y la sencillez que muchas veces busco para mis propios textos.

He nacido oscuro por el resto del día

y tras una nube

el ojo de dios guarda silencio.

Soy la sombra de todos los rostros,

dependiente de tiempo completo,

maestro por horas de miseria,

desempleado frente a las marquesinas.

Hoy llevo un dolor de piedra entre las manos.

Lejos de toda caridad

soy profeta ya apóstol jubilado de la fe en sí mismo,

oficio los silencios de la página.

Soy héroe,

peatón del instante y la sorpresa.

Aquí guardo la plegaria del azar

y una sensación de sed como aguja en las palabras.

Hoy no tengo necesidad de fingir

que elijo la vida que me toca.


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