Cuando se está en formación, uno procura no sólo buenas lecturas que, además del placer del texto, proporcionen cierta “guía”, en términos de creación literaria. Además, busca constantemente charlas de escritores, talleres y lecciones sobre el oficio que se dan aquí y allá. En últimas, se trata de beber pequeños sorbos de la sed de quienes llevan mayor experiencia de la que se pueda tener en todo momento.

Todos los miércoles, desde hace más o menos seis meses, asisto a un taller literario dictado en el centro de bogotá. Debo confesar que este blog es, precisamente, consecuencia del taller; seis meses de formación contínua, escuchando cosas que sabía pero no usaba, y que me han servido especialmente para adquirir cierta conciencia del exigente oficio que es la escritura. Anoche, Carlos Castillo Quintero, director del taller, arrojó una lapidaria afirmación “Los talleres literarios son para gente que no escribe; si usted escribiera, no estaría aquí, tomando un taller, sino en su casa ¡escribiendo!” Ya la había dicho un par de veces en lo que va del taller, pero anoche la piedra cayó en mi cabeza abriéndome una llaga por donde no han hecho más que salir preguntas, una tras otra, durante todo el día de hoy.

Por estos días se realiza en el Gimnasio Moderno, un agradable evento de acercamiento al ofiicio de ocho escritores colombianos: “Las líneas de su mano”. Durante cuatro días, hablan y comparten su proceso creativo con otros escritores y el público asistente. Este año, el turno fue para la poesía y ocho grandes poetas colombianos se han dado cita esta semana en la biblioteca del colegio para hablar de su escritura. En “Las líneas…”, todos los días, de cuatro y media a seis de la tarde, hay un evento llamado “palabras a un joven poeta”, con tres invitados distintos que, seguramente, dicen cosas muy importantes sobre el oficio, en especial para poetas en ciernes.

Esta tarde, llegué a casa del trabajo, me quité la infernal corbata amarilla, y al cabo de veinte minutos tenía mis jeans favoritos puestos, una chaqueta  y una maleta al hombro. Abrí la puerta pensando que tenía el tiempo justo para llegar al Gimnasio Moderno para sentarme a escuchar las palabras del día de hoy. Con la puerta abierta, habiendo revisado los grifos, la llave del gas y las luces; cuando lo único que me habría devuelto sería la plata del pasaje, las palabras de Carlos se agolparon en mi cabeza.

Seguramente, me habré perdido lo que tenían para decir los tres poetas del día de hoy, pero estoy en casa haciendo lo que, con toda seguridad, cualquier escritor consagrado le diría a uno que recién calienta motores: ¿qué hace aquí, parado escuchando pendejadas? ¡escriba!

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