“Edgar Allan Poe ha muerto, murió anteayer en Baltimore. Esta noticia sorprenderá a muchos y algunos se apenarán”. Fragmento de la noticia registrada hace 160 años, en el New York Tribune, por un tal Ludwig, seudónimo del periodista Rufus Wilmont Griswold

¿Qué se puede decir del magnífico, el oscuro Edgar Allan Poe, que no esté dicho? ¿Hacer eco, tal vez, del rumor que dice que murió alcoholizado en un cruce de vías de Baltimore, una noche de invierno? ¿O repetir, palabras más, palabras menos, que fue encontrado quince días antes de contraer matrimonio con un antiguo amor de juventud, en estado de delirio; que fue trasladado a un hospital en Washington, donde moriría en la madrugada del siete de octubre de 1943, diez días antes de su nueva boda; o traer de nuevo los fragmentos de Cortázar y recordar que llamaba incesantemente a un lejano explorador polar que inspiró una de sus narraciones? ¿Decir, tal vez, que sus certificados médicos se perdieron y fue imposible saber a ciencia cierta la causa de muerte, aunque se presuma que fue delirium tremens entre otras acuñables al alcohol y el desenfreno?

Que sea este un homenaje a los ciento sesenta años de su muerte, y para no cansarlos con la redundancia, renunciaré a hablar más de él o poner aquí sus textos más comunes. En la web se encuentran por doquier. Pondré a continuación un breve poema, tomado de Ciudad Seva, cuyo traductor desconozco.

Amigos que por siempre nos dejaron

Amigos que por siempre
nos dejaron,

caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo
y fuera del Espacio!

Para el alma nutrida de pesares,
para el transido corazón, acaso.

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