Inevitable mirar con dolor las imágenes del más reciente funeral de Víctor Jara.

Y digo “el más reciente”, porque no es el primero y probablemente tampoco el segundo. Digo dolor porque se ha hecho un despliegue mediático similar al que tiene un concierto o el lanzamiento del último disco de la vedette de turno en la industria del entretenimiento; dolor porque dicho despliegue contrasta con el oscuro silencio tras la noche del once de septiembre del año setentaitrés.

Después de bombardear el Palacio de la Moneda donde Allende pagó con su sangre la defensa de la democracia chilena, los militares irrumpieron en la Universidad Técnica del Estado. Allí detuvieron a los estudiantes y profesores presentes, entre los cuales estaba Jara, y los condujeron al Estadio Chile, donde los mercaderes de la muerte despacharon miles de torturas y fusilamientos durante semanas de represión.

El doce de septiembre el coronel Manríquez, encargado del centro de detención, identificó entre los prisioneros al cantante; lo apartó en silencio junto con el médico personal de Allende, Danilo Bartulin, a quien había aislado con anterioridad de otro grupo de detenidos, para torturarlo personalmente.

El estadio de Chile permaneció con los reflectores encendidos día y noche; a cada prisionero lo llamaban por altavoz para ser interrogado. Pronto, cinco mil personas olvidaron la diferencia entre el día y la noche, entre el fascismo y el infierno. Allí, Jara y Bartulin compartieron cerca de tres días, un largo pasillo del estadio en el que paseaban la incertidumbre y la tortura.

En este lugar, Víctor escribió su último poema, que circuló en manuscritos repartidos a distintos amigos presentes, logrando salvarse de las requisas de los militares.

Somos cinco mil aquí.

En esta pequeña parte de la ciudad.

Somos cinco mil.

¿Cuántos somos en total

en las ciudades y en todo el país?

Somos aquí diez mil manos

que siembran y hacen andar las fábricas.

¡Cuánta humanidad

con hambre, frío, pánico, dolor,

presión moral, terror y locura!

Seis de los nuestros se perdieron

en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí

se podría golpear a un ser humano.

Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores,

uno saltando al vacío,

otro golpeándose la cabeza contra el muro,

pero todos con la mirada fija de la muerte.

¡Qué espanto causa el rostro del fascismo!

Llevan a cabo sus planes con precisión artera sin importarles nada.

La sangre para ellos son medallas.

La matanza es acto de heroísmo.

¿Es éste el mundo que creaste, Dios mío?

¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo?

En estas cuatro murallas sólo existe un número que no progresa.

Que lentamente querrá la muerte.

Pero de pronto me golpea la consciencia

y veo esta marea sin latido

y veo el pulso de las máquinas

y los militares mostrando su rostro de matrona lleno de dulzura.

¿Y Méjico, Cuba, y el mundo?

¡Que griten esta ignominia!

Somos diez mil manos que no producen.

¿Cuántos somos en toda la patria?

La sangre del Compañero Presidente

golpea más fuerte que bombas y metrallas.

Así golpeará nuestro puño nuevamente.

Canto, qué mal me sales

cuando tengo que cantar espanto.

Espanto como el que vivo, como el que muero, espanto.

De verme entre tantos y tantos momentos del infinito

en que el silencio y el grito son las metas de este canto.

Lo que nunca vi, lo que he sentido y lo que siento

hará brotar el momento…

Dado que no lograban controlar plenamente la situación en el Estadio Chile, los militares comenzaron a trasladar a los prisioneros al Estadio Nacional. En el último embarque, entre cincuenta personas, iban Jara y Bartulin; nuevamente, el coronel Manríquez intervino: “llévenlos abajo”.

“Abajo” aguardaba la muerte; quienes habían ido abajo no regresaron y seguramente, se habría podido ver cómo yacían sus cuerpos deshechos en los pasillos, a la espera del camión que los arrojaría en las calles para simular su deceso en un tiroteo inexplicable.

Jara y Bartulin fueron encerrados en un baño, a la espera de su turno. Pero el médico aún servía para desacreditar la memoria de Allende; los militares decidieron llevarlo al Estadio Nacional y forzarlo a hacer “confesiones” respecto a la vida personal del presidente. De su testimonio nos llega la última noticia de Jara, de quien se despidió en aquel baño, con apenas una mirada y el silencio, siempre el silencio.

El cuerpo de Jara apareció tirado en cercanías del Cementerio Metropolitano. Fue llevado a la morgue como cualquier NN, donde le reconoció su esposa, Joan Turner, quien lo enterró en una ceremonia casi clandestina, en el Cementerio General de Santiago de Chile. Pero tampoco fue ese el primer funeral de Víctor Jara.

En 1990, la Comisión de Verdad y Reconciliación, estableció que el cantante fue acribillado con 44 disparos el 16 de septiembre de 1973. Pero recientemente, testimonios de uno de sus verdugos condujeron a una nueva exhumación del cuerpo de Jara. El informe de esta última investigación, publicado el pasado 27 de noviembre por la Fundación Víctor Jara, determinó que el cuerpo tenía más de treinta lesiones óseas y fracturas provocadas por proyectiles y armas contundentes.

Según testimonios de los presentes en el Estadio de Chile, las manos de Jara fueron molidas a culatazos durante las torturas. Fue entonces cuando Víctor Jara, el músico, el cantante de la alegría del pueblo chileno, presenció en carne viva su primer y más solitario funeral.

La multitud del funeral conmemorativo celebrado en días pasados, da cuenta de la memoria del pueblo chileno. Pero, ¿será realmente una memoria que impida que las atrocidades del pasado se repitan? Una pregunta constante, ahora que América Latina hierve y la sombra del totalitarismo se cierne sobre nuestras espaldas.

©Leonardo Gil Gómez

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