Hay quienes creen firmemente en la vida como una especie de road movie, en la que todavía no está claro si se es el piloto o el pasajero de algún automóvil fuera de control, a cientos de kilómetros adentro de la nada, a cientos de kilómetros por hora. Seguro, algo pasará que lleve a término eso que quién sabe cuándo empezó, y que sólo puede ser definido con un puñado de palabras casi siempre inconexas de las cuales la que tiene lugar, aquí, ahora, es la palabra vértigo.

Ese vértigo, a mi manera de ver, no ha podido ser mejor representado que en el sonido de un acorde de guitarra eléctrica. Ese vértigo, esa guitarra eléctrica, entre otras cosas, dan lugar a una palabra: Rock. Tan indefinible como la sensación del primero o los gemidos de la segunda.

Y digo esto para rendir homenaje a alguien que todo rockero recordará con cariño y gratitud para siempre. De hecho, todo aquel que haya intentado tocar una guitarra eléctrica, con mayor o menor éxito, sabrá recordarlo con devoción. Hablo de Les Paul, el inventor de la guitarra eléctrica maciza, de la grabación multipista y, por consiguiente, el verdadero padre del Rock, quien murió el 13 de agosto de este año que poco a poco se despide.

Para compartir con ustedes su memoria, dejo un maravilloso artículo de Ángel Unfried, publicado en la revista El Malpensante , del cual extraigo este fragmento:

Al final de cada presentación nunca salgo para mi camerino, siempre voy directo al bar a conocer a la gente, a hablar con ellos, y siempre tienen algo qué decirme, se me acercan y me hablan, pero no saben todo lo que significan para mí sus palabras, no saben que me están diciendo algo que me alegra tanto escuchar. Nunca me voy antes de que todos se hayan ido.
En los años treinta hubiera sido realmente raro tenerme enganchado tocando en un mismo sitio por tantos años, de hecho hubiera sido sorprendente que me hicieran tocar en el mismo lugar por un mes seguido. Me pasó en el Paramount, me pasó en Las Vegas: era una pesadilla tocar un mes seguido allá. En cambio, tocar en estos pequeños clubes es grandioso, puedo ver cada pie y darme cuenta de si está marcando el ritmo. Es raro, pero miro los pies o los ojos de los espectadores y me dicen tantas cosas con su reacción.
Entonces me puse a buscar un club así. Comencé en New Jersey, cerca de mi casa, pero dije “No, debo ir a tocar a Nueva York, allá es donde está la buena finca raíz, en el centro de la ciudad”. Busqué en todos los clubes hasta que al final encontré Fat Tuesdays. Cuando llegué hablé con el gerente, le dije “Soy Les Paul” y él respondió “¿Les qué?”. Repetí “Les Paul”, pero no significaba nada para él. Le expliqué que solía ser guitarrista y que tenía una esposa con la que tocaba… y me dijo, “Bueno, probemos por dos semanas a ver qué pasa”. “Pero tiene que ser los lunes por la noche”. “Pero no abrimos los lunes por la noche”. “Bueno, estoy dispuesto a tocar gratis”. “Ok, entonces abriremos los lunes por la noche”. No iba a tocar exactamente gratis, pero podíamos llegar a un acuerdo, de todos modos lo que quería era probar que esto podía funcionar, que el lugar se llenaría. Pasaron doce años y se llenó cada lunes. En el 95, cuando Fat Tuesdays cerró, pasé al Iridium.
Entre el 83 y el 95 toqué cada lunes por la noche en Fat Tuesdays, un barcito de jazz al norte de Manhattan. Todo comenzó porque tuve problemas cardiacos y me hicieron un bypass quíntuple en 1981, en ese momento el doctor me pidió que le prometiera que trabajaría duro en algo. Llegué a mi casa, tomé papel y lápiz y escribí las cosas de mi vida que me gustaban y las que no. Ahí estaban, por supuesto, la electrónica y la música. Entre todas las cosas que encabezaban mi lista de prioridades estaba tocar en un pequeño club nocturno. Quería tocar en un lugar íntimo en vez de esas enormes extravaganzas de cincuenta mil personas, donde tocas sin saber para quién y te conviertes en una máquina.

¿A qué viene todo esto?

El año 2009 cierra con un gran saldo de artistas e ídolos que se han ido. Algunos tuvieron un cubrimiento mediático que vistió a la muerte de las más fastuosas banalidades, sólo para recordarnos la inmensa soledad de la grandeza.

Para despedir este año que a algunos trató mejor que a otros, procuraré hacer un pequeño homenaje diario de aquí a diciembe 31, recordando a aquellos que marcaron una época y serán influencia por siempre de las generaciones venideras. Que me disculpe Michael Jackson, porque no habrá lugar para él en este homenaje; no por desprecio a su gran sensibilidad y el legado de su música, sino porque procuraré hablar de quienes fueron relegados de los grandes medios de comunicación.

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