Era 21 de marzo y corría uno de los eventos poéticos más significativos del país. Celebrábamos el día mundial de la poesía, en conmemoración del nacimiento de Hölderlin y el advenimiento de la primavera (aunque, siempre me pregunto ¿es consecuente esta fiesta en pleno trópico? ¿cuál primavera?). En fin, se celebraba la palabra en el auditorio del Gimnasio Moderno cuando nos llegó la noticia de que Meira del Mar había muerto.

Había sucedido tres días atrás, en Barranquilla, la ciudad de sus ojos. Olga Chams Eljach, como era su verdadero nombre, dejaba atrás un enorme legado que, muy en el fondo, tenía una gran reivindicación del papel de la mujer en la literatura y la sociedad. Poeta y catedrática de arte y literatura, Mira del Mar fue una de las voces más representativas de la poesía colombiana del S. XX.

Personalmente, nunca he creído en eso de “poesía femenina” o “poesía masculina”. Sin desconocer la diferencia en la sensibilidad de hombres y mujeres, creo que la poesía es una, y es vida. No obstante, Meira prefirió ser llamada ‘poetisa’, y en su tiempo dio una ardua batalla por el reconocimiento del lugar que las mujeres, hasta entonces, no disfrutaban en las artes y letras nacionales.

Mármol

Instalado en el aire de su excelsa belleza
el mancebo vigila el furor enemigo.
La tensa superficie del cuerpo nos revela
el salto de la sangre por las venas henchidas,
el inminente golpe de la piedra que el vuelo
emprenderá cortando el azul impasible.

Ahora calla la tierra. Nada
se mueve – hoja o nube –
en el dorado ámbito del día.

Lo rodea el silencio como el lirio al aroma:
no se atreve a tocarlo la alabanza.

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