Ángel Augier, uno de los poetas cubanos más importantes del siglo XX, falleció el pasado martes en La Habana tras una insuficiencia cardiorespiratoria, a la edad de 99 años.

El poeta, nacido en la ciudad de Holguín en 1910, se caracterizó por su militancia comunista; doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de la Habana, miembro asesor del Consejo Asesor del Centro de Estudios Martianos y miembro fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, quienes realizan anualmente el Festival Internacional de Poesía de La Habana, establecida por Nicolás Guillén, de quien fue gran amigo y compañero de letras y lucha.

Autor de los libros Uno (1932), Isla en el tacto (1965), Canciones para tu historia (1936-39) y Todo el mar en la ola (1989), fue Premio Nacional de Literatura en el año 1991 y miembro de número de la Academia Cuabana de la Lengua.

El mar

Se ha caído al suelo el Mar. Difícil
recogerlo, alzarlo, ayudarle.
La masa espesa se mece y se deshace en espuma,
en olas; se contrae y distiende, se agita y calma,
se enfurece y desborda como en inútil esfuerzo por levantarse.
La espesa masa no descansa: moja, hunde, ahoga;
su corrosivo hálito de salitre, esa onda salada y húmeda,
está ahí siempre incansable, y el espumoso oleaje de gelatina,
azogue, agua. Se ha caído al suelo el Mar.
Y es difícil asirlo, levantarlo.
Quizás sea preferible dejarlo donde está,
hasta que pueda alzarse por sí solo.
O hasta cuando lentamente se deseque por cansancio.
O por aburrimiento.

No te voy a decir…

No te voy a decir
que quiero ser la arena
que tus pies desnudos acaricie,
ni los rayos del sol que bajen jubilosos
a dorar más aún
la fina miel que forma tu epidermis,
ni el agua que la abrace con su espuma
ni el viento que la bese
y agite sus cabellos.

Sólo quiero pedirte que no dejes
que el beso y la caricia
de la arena y las olas,
de la luz y del aire,
destruyan la huellas de los míos
ni mi recuerdo que te sigue
como muda presencia inevitable.

Vesperal

No hagas ruido, a ver,
si no se va la tarde.
Dile a tu alma que haga
un silencio absoluto.
Acalla ese ruido de pensamientos,
rompe ese hondo clamor de recuerdos,
ahoga ese sordo rumor de ensueños.
No seas imprudente, no hagas ruidos,
que le molestan a la tarde.
Ante ella hay que estar como una esfinge jovial,
ungida de serenos éxtasis
florecidos de silencios blancos.
Tenemos que rimar ese silencio
con el blanco silencio de la tarde.

Pero, ¿ya ves?, se va la tarde.
No pudiste amordazar el grito desbocado de tus nostalgias
y has espantado a la tarde.
Mira como huye despavorida a otro lugar donde comprendan
el silencio blanco de su alma. Y nos deja las sombras
-gran silencio negro-
para el negro silencio de nuestros ruidos.

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