Me encontré en uno de los rincones de la biblioteca del colegio donde trabajo un libro, negro, con letras rosadas y rojas en la portada que dicen Kurt Kobain / Diarios. Inmediatamente, lo pedí prestado y bueno, la tarde ha sido…

…ha sido.

La edición (y lo pongo aquí sólo para ganar la indulgencia de un improbable lector directamente relacionado con los editores del libro), corresponde a Mondadori. Traducido por Ángeles Leiva, de la compilación y edición originales de Clara Dreschler y Harald Hellman.

Apasionante.

Les dejo un fragmento. En estos días compartiré algunos otros.

INCERTIDUMBRE, como abrir bien los ojos en la oscuridad para luego cerrarlos bien fuerte y volverlos a abrir, cegados por los puntos plateados y centelleantes que origina la presión de las córneas, bizquear, poner los ojos en blanco y enfocar la vista para volver a quedarte ciego aunque así al menos de algún modo has visto la luz. Tal vez la luz estuviera almacenada en las cuencas o retenida en el iris o aferrada a la punta de todos los nervios y venas. Entonces vuelves a cerrar los ojos y ante los párpados aparece una luz artificial, seguramente una bombilla ¡o un soplete! ¡Jesús, qué caliente está! Las pestañas y las cejas se me rizan y empiezan a derretirse, despidiendo un olor a vello quemado insoportable y a través de la transparencia roja de la luz en mis párpados veo un primer plano de células sanguíneas que se mueven al mover los ojos de un lado al otro, como en las secuencias de un documental sobre amebas y plancton, como ver formas de vida en movimiento. Fíjate si sin pequeños que no los siento, mis ojos son capaces de ver cosas con MÁS claridad de la que imaginaba, es como un microscopio pero ya no importa porque me acaban de prender fuego, sí no cabe duda, estoy ardiendo. Maldita sea.

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