Los últimos días han sido de distancia, por ello este blog se ha enfriado un poco últimamente. Sin embargo la búsqueda continúa, aunque no tenga un ojo en el andar ni otro en lo por venir…

Sólo que en días recientes me he preguntado por la universalidad de las cosas sencillas.

Alguna vez, durante un taller de astronomía un profesor hablaba sobre la posibilidad de que el primer pictograma del que se tenga noticia, corresponde a un hombre que vio la explosión de una supernova en la soledad de sus noches, que seguramente fueron varias iluminadas por un color tal vez rojizo. Eran tiempos en que el mundo era tan reciente que para nombrar las cosas había que señalarlas con el dedo untado de pigmentos sobre el cuerpo rocoso de una caverna.

Cierto día de 1879, la pequeña María, señalaría con su dedo índice el techo de una cueva y le diría a Marcelino Sanz de Santuola “¡Mira, papá, Bueyes!”, en medio de lo que tal vez inició como un pequeño paseo de campo por la región de Altamira.

Bueyes, esa palabra.

¿Cuántos pesebres, desollamientos, embestidas, arados y yuntas había esperado el mundo para retomar, por fin, en los ojos de una niña de nueve años lo que para alguien, perdido en la historia suponía un acontecimiento de la envergadura de la muerte de una supernova?

Bueyes…

¿Cuánta poética ocultan las cosas sencillas? ¿Cuánta desnudez hace falta para abrazarla?

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