Nadie sabe en dónde queda mi país, lo buscan
entristeciéndose de miopía: no puede ser,
tan pequeño ¿y es tanta su desgarradura,
tanto su terremoto, tanta su tortura
militar, más trópico que el trópico?
Tampoco
lo sé yo, yo que lo amo a pesar de mis jueces
(la Corte se reúne en el café las tardes
y ni un testigo sino mi taza que pagaron
una vez). Y condenado a muerte en su dulce
calabozo, abro los ojos de vez en cuando,
lo veo igual y le pregunto: ¿Qué siglo
será hoy, dónde se esconde el corazón
para hacerme doler?
Si de la tierra
no te quedara amar sino el paisaje, si solamente
te faltara la espada agresiva de su luz.
Pero no es ese el caso. Sucede que no estoy
orgulloso de mi aldea, ni de su río, el único
que sigue siendo el mismo bañándote cien veces,
ni de la cometa que enarbolaba el polvo
en el mercado. No me dejan estarlo, no me han
dejado
nunca unos señores compatriotas, cincuenta
años en la misma esquina calculando
los mismos asuntos importantes -el mundo
solo va de tu bolsillo a su bragueta- y ven
pasar el tren y no lo toman, ven acercarse
el día pero se acuestan, ven la vida pasar
pero regresan y animal, voluntariosísimamente,
se amarran por el cuello al palo de la iglesia.
Debo estar orgulloso ¿de qué, si la ternura
solteronas de ambos sexos me robaron en la
infancia,
aprovechando que no estuve? ¿Y lo demás, cuando
indagan si es aún una colonia pobrecita,
con la cabeza a un lado, mientras le abren
la blusa democráticamente? ¿Qué puedo
contestar si ven la fecha de hoy y notan
que vive el encomendero todavía en su fósil,
si me miran llevando a un indio de la mano,
aterido de patrón y tiempo, intacto en la obediente
piedra, estatua para adentro, con que lo
llenaron?
Ah si fuera dable por un día
limpiar el amor de todo cuanto es cierto,
como cuando nos toca los párpados el delirio.
Porque a veces no es posible tolerar a la madre
con sus cosas.
Quisiera entonces que no encuentren
la lupa, que no miren de cerca lo difícil, eso
no nuestro, tan desprecio, tan asco. Pero insisten
y, como soy patriota, digo: “Sucede que los Incas”.
En dónde queda, di, di qué le hicieron.

Cuando este poema no baste como carta de presentación, podrán preguntar a Wikipedia quién es el gran Jorge Enrique Adoum

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