Busqué una buena imagen para acompañar el siguiente relato, pero fue inútil.

Qué les puedo decir… se trata del mar… se trata de Cesare Pavese, de cuando es difícil distinguir la narrativa de la poesía.

Que el mar quedaba por aquella parte, se lo había dicho yo a Gosto. Los días  de tempestad, era por allí que se alzaba el tiempo y el sol volvía a batir como sobre un gran campo de flores, mientras que donde estábamos nosotros aún goteaba. El mar yo siempre me lo he imaginado como un cielo sereno visto a través del agua…

¿Y el mar, Pietro, no lo has visto nunca? -le preguntó Gosto. Entonces nos dijo que había estado en Marsella y que allí el mar lo tenía delante de la puerta. Miró a la plaza, donde caía la sombra de la casa, y dijo: -Como si estuviese aquí, en la plaza. Y animación día y noche. Más que en el mercado central-.

Le preguntamos cómo está hecha la orilla del mar, pero no lo sabía o no comprendió lo que queríamos decir. Dijo que sí, el agua es verde y se mueve siempre y continuamente hace espuma, pero que dentro de él no había estado nunca y no sabía cómo es la tierra vista desde el mar. Nos contó que los barcos tienen un color entre rojo y negro y que el puerto huele como las estaciones. Dijo que carga y descarga más carbón un puerto en un día que carros de uva todas nuestras colinas. Y los marineros, incluso los extranjeros, van vestidos como nosotros y no piensan más que en volver a casa. -Es duro el mar -decía-. Hay que haber nacido descalzo.

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