Hace unos meses me di de bruces con un par de poemas de una factura implacable. Sin duda, lo mejor que he leído de la poesía colombiana, lo digo sin reservas, con la admiración y la devoción de quien encuentra una veta que no se explica cómo no ha sido saqueada. Les hablo de Carlos Obregón, poeta contemporáneo a la generación de la revista Mito, cuya breve existencia (Bogotá, 1929-Madrid, 1965) bastó para dejar una estela de luz que llega hasta nuestros días, hasta este post insular. Estudió física y matemáticas en la Universidad de Michigan, y en Francia fue alumno del gran filósofo Maurice Merleau-Ponty. Fue profesor de matemáticas en la Universidad de los Andes, y alternó su residencia entre España y Colombia.

 

CANTO III

Toda la luz sobra si la fe que nos guía

no colma nuestro viaje. Más allá de la nieve

está el fuego que en el fondo crepita, tutelar,

para los ojos que miran hacia adentro

con el anhelo de las aves caídas.

Después de las palabras queda el eco

de un fervor ignorado que se pierde en la fronda

que tejen nuestras tardes de contemplar callado

y hacia donde existimos renace nuestro olvido.

No un simple paraíso donde el cuerpo fuese

el dios de sus placeres, sino un estar dentro

de lo que siempre es río, la delicia misma

que desde el centro estalla, florece y se despliega.

No otra cosa perdimos y ahora sólo quedan

cenizas y ascuas en las manos del ángel

que desde un nuevo umbral nos invita a gustar del misterio,

y vivir es avanzar en su reclamo y esperar el retorno

en las horas desiertas que caen hacia la noche.

¡Si siempre nos golpeara el amplio murmullo

de las alas eternas! Porque no sólo faltan

palabras de mar, hogueras bajo el viento,

sino una intensidad más cerca de los labios

que aún después de que las ascuas los ungieron

no pueden proclamar lo que han gustado.

¿Quién, más allá del rostro que iluminó la Noche,

se atrevería a avanzar su soledad

hasta el fondo del vientre y allí rescatar

todo el olvido? Pero aun si la gran bóveda

sólo fuese esto: un vientre -hay algo más

de raíz y de ángel que en la carne progresa

hacia la plenitud de otro fruto celeste.

La criatura es pregunta: la espera,

el vuelo pensativo de alguna hoja que cae

en la visión dorada, dejando más acá de los ojos

lo imposible y lo arcano; y que no sea

la puerta estrecha que se abre y nos despide,

porque aquí, con la paciencia de la tierra,

está la misión de nuestras horas.

Dios cubre de eternidad nuestra pupila

y su silencio de fuego posee nuestro lenguaje,

mas el hombre, en tensión rebelde,

sólo espera que los ojos, cual pájaros de exilio,

se adentren voraces en la hondura del viento

tras los astros que queman su plegaria en la noche.

Hontanar de auroras fue el éxtasis ardiente

del alma por los poros; luego, el tiempo,

el nuestro, el que en la carne late,

hincó de nuevo el ojo en la simiente

y un insecto solemne agonizó en las grutas

con las flores marchitas y los frutos sedientos,

y el río y su transcurso de dios ebrio

fue de nuevo avidez y lamento. El mundo se apaga,

huye con el humo y nada queda en las manos

si lo que ellas palpan no es algo más antiguo

que el terror o el deseo: incendio estelar

que a veces nos llega como rito que en el tacto florece,

gratuito y ungido, desde un fondo remoto.

Pero nada sabemos: sentir sólo es primicia.

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