Antes de cantar como un triste dios negro venido de nosédónde, Satchmo tocaba la trompeta como un alegre dios negro de nosédónde; pero antes de eso, Satchmo fue repartidor de leche, vendedor de carbón, estibador de barcos bananeros y mil cosas más como cualquier mortal pobre de Nueva Orleans.

El poeta español Ángel González le escribió este poema:

La trompeta

¡Qué hermoso era el sonido de la trompeta
cuando el músico contuvo el aliento
y el aire de todo el universo
entró por aquel tubo ya libre
de obstáculos!

Qué bello resultaba el estremecimiento
producido por el roce
de los huracanes contra el metal,
de los cálidos
vientos del Sur, y luego del helado
austral, que dio la vuelta al mundo.

El viento solano llegó lleno de luz
salpicando de sol y de verano.
El siroco dejó un poco de arena,
y el mistral
era casi silencio,
igual que los alisios.

Pero escuchad,
escuchad todavía
el ramalazo,
la poderosa ráfaga
deja
sobre la piel
la húmeda caricia del salitre

Un grito agudo interrumpió la melodía.

El artista, extrañado,
agitó su instrumento,
y cayó al suelo, yerta, rota,
una brillante y negra golondrina

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