Algunos me tildarán de sacrílego cuando digo que prefiero a Miles Davis (1926-1991) por encima de Charlie Parker, pero no conozco sonido más melancólico que el de su trompeta. Miles es la fiesta callada del que está solo en la noche, Miles es caminar por la calle tras una tarde de aguacero, Miles es deambular por andenes, vacíos o no, que son pasarelas de un mundo inexplicable.

La penúltima entrega de este dilatado especial de Jazz y poesía, corresponde al poeta chileno Óscar Hahn, quien propone en el siguiente poema una visión en dos actos (si se le puede llamar así) en la que se encuentran Miles Davis y San Juan de la Cruz.

San Juan de la Cruz escucha a Miles Davis

I

SAN JUAN EN EL CALABOZO
(Toledo, 1577)

La trompeta flamea serpentea relampaguea
Su quejido metálico

se hunde y difunde exclama y reclama
un no sé qué que queda balbuciendo

Es el Arcángel San Gabriel dice el Santo
Es el Arcángel que me llama desde el futuro

Es el arcángel cuya piel es más negra que la noche
y brilla como las heridas de mi alma

Es el sonido de la trompeta como un cauterio suave

II
MILES DAVIS EN EL CALABOZO
(New York, 1959)

Los tornados me dan el viento que necesito
para tocar mi trompeta

Oh toque delicado que a vida eterna sabe

Y vi que por la ventana del calabozo
entraba un halo de luz y que en el aire
flotaba una Aparición fulgurante

(Son alucinaciones de la droga Dios mío)

Para ahuyentar al espectro tomé mi trompeta y toqué

Y mientras tocaba el rostro de la Aparición
tenía una expresión de éxtasis y dijo:

“La música callada la soledad sonora”

Sentí que me crecían alas en la espalda
y empecé a levitar

Entonces apareció un graffiti en lo alto de la pared
Que decía:

Qué bien sé yo la fuente que mana y corre
aunque es de noche

Y la sangre que manaba de mi cabeza
por los golpes que me dio el policía
iluminó la celda y dejó de correr

alrededor de la medianoche.

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