Si hay un nombre que hable de la habilidad de ir y venir entre el verso y la prosa, ese seguramente es, en Colombia, Héctor Rojas Herazo. A continuación uno de sus mejores poemas:

La espada de fuego

A la diestra la llama de Dios, viva

palpitando como un ave de diez alas

y nutriendo el silencio con su vuelo encendido.

Nosotros estábamos descansando de haber sido hechos.

De sabernos sombreros y flores

y trenes futuros y locos por una gran pradera.

Nosotros no sabíamos

de la fuerza que tienen las raíces para apretar un ataúd

ni conocíamos el pan, la sal, el agua

ni el espeso follaje de un párpado cuando oculta un deseo.

Nosotros éramos sólo eso:

un monton de asombro,

dos brazos que cubren un rostro para huir,

dos vientres locos,

dos niños sin salida por un túnel de espinas.

¡Ay!, nos dieron un peso de sombra en cada vena

un ojo para cada cosa,

una valla de tacto,

un olor que se empapa de nosotros

y una risa encendida por la muerte.

¡Ángel, hermano ciego,

puro,

míranos ahora desposeídos de tu alegría y de tu llama!

Desnudos

como un pensamiento en la mitad de una conciencia.

Tiritantes

suplicando que no nos quiten esto.

Que nos dejen los muslos temblorosos de una mujer pariendo,

que nos dejen un sapo bajo un arbusto

y un peluquero mirando el vaho de una infamia

mancharle su perita de alhucema.

Que nos dejen oler -¡hasta el suplicio!-

una botella donde un misógino envejecido

ha atesorado todos los orines que no pudo vaciar

en el sexo de una mujer difunta.

Que nos dejen masticar cáscaras de guayaba

y lamer cucharas sucias de gas bajo las camas

o mirar fijamente la palidez de un hombre cuando duerme.

Que nos llamen fulano,

tulipán,

comadreja.

Para algo vimos un caballo relinchando

furiosamente iluminado por el alba.

Para algo vimos cómo se gastaba un peldaño

y un niño repetía -hasta vovlerlo pájaro o sombrero-

el nombre de un país oculto en la bisagra de un pupitre.

Para algo fuimos hormiga taciturna

con una hojita de almendro en las antenas.

¡Ay!, y fuimos calles y ciegos con bastón

y mugre de unas manos

frotando el mobiliario de una casa enlutada.

¡Siempre, siempre,

hemos de regresar a nuestras sienes

a buscar nuestros ojos,

a comernos los hígados,

a vestirnos de baba los dientes y la lengua!

¡Y allí -parado y mudo en cada pan del día,

en cada represalia de la luz y del humo-

tu gran espada ardiendo, ángel mío,

tus grandes ojos ciegos y el brio de tu frente!

Ay, la almohada,

la nariz resoplando,

las baldosas cuadradas,

too lo que se apaga cuando vibra tu fuego.

El río que busca su rumbo,

los ojos que quisieran otras órbitas,

la piel que se resiente

de tanto ser golpeada por huesos y palabras

que nuevamente quisieron ser terrón o semilla.

La yerba, sí la yerba como vello del mundo.

Y esa luz que nos llama en cada sombra,

una luz de esta tierra

de una hoja, ángel mío, de una torre,

de algo que ha de viajar por siempre con nosotros.

Nos dejaste hambrientos.

Con extraña alegría

colmaste nuestra fuente de avidez y sonido.

Nos hiciste de presagio y de sangre,

de cosas que se pudren huyendo,

de animales que llaman simplemente y se apagan.

Encendidos.

Todo lo que tocamos lo herimos con tu fuego.

Tú nos asistes.

Cada pulso eres tú,

cada segundo es pluma de tus alas,

cada palabra guarda en su silencio el lirio de tu enigma.

Y tú, ángel,

disperso en tanto belfo,

en tanto enero mío,

en tantas cosas que he apretado

con inocente afán y dura garra,

por no caer,

por aferrarme al mundo,

por no morir de espaldas talado por tu fuego.

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