Carátula de la antología con el cuento ganador y los doce finalistas.

Anoche fue la celebración de los treinta años del Taller de Escritores de la Universidad Central, y de un magnífico reconocimiento al maestro Isaías Peña por su asidua labor en la formación de escritores desde la fundación del TEUC (Nuevamente, felicidades, maestro).

En el marco de la misma, se lanzaron las publicaciones de los ganadores de los concursos de novela corta (El hombre que imaginaba, de Germán Gaviria) y de cuento (ganador Alejandro Cortés y doce finalistas, entre los cuales se cuenta este servidor). Como este es un espacio, entre otras cosas concebido desde la autopromoción y blablabla, les dejo el cuento con el que casi, casi, casi…

RUMBLE IN THE JUNGLE

You know I’m bad.
just last week, I murdered a rock,
Injured a stone, Hospitalized a brick.
I’m so mean, I make medicine sick.
I’m so fast, man,
I can run through a hurricane and don’t get wet.”

Muhammad Ali

Tu primer pensamiento, vago, lento, es como la imagen de una película: negro, luego las paredes de un pequeño salón, los colores difusos del lugar, y de nuevo negro. Te cuesta trabajo, pero en la tercera repetición de la escena, tras el segundo parpadeo, identificas un casillero, los baldosines sucios que cubren la pared desde el suelo casi hasta el techo, el tinte verde opaco del piso y tus pies, colgando.

Algo te obliga a mantener la cabeza hacia abajo y un zumbido en los oídos, el eco de una multitud, es lo único que sacas del entumecimiento general de tu cuerpo.

Poco a poco recobras la sensibilidad y con ella, el recuerdo que responde a la pregunta por tu situación. De nuevo sientes la presión en la nuca, la cabeza gacha, el dolor en el cuello y la garganta destrozada. Recuerdas la asfixia, y aunque la soga continúa en su sitio, más apretada que nunca, parece no faltarte el aire.

Buscas en tu memoria y no encuentras nada más. Sabes que te colgaste, pero no por qué. Sabes que eres el “Manny” García, campeón mundial de peso Welter y que estás en el camerino, antes o después de una pelea. No te duele la cara, no sientes la presión en la mandíbula que te atormenta después de cada pelea. No sientes las piernas cansadas ni los brazos pesados. Sólo ese ardor en el cuello, y un sabor a cobre y sal en tu boca. Sabes que eres el más rápido, el más fuerte, el más hermoso, el más carismático. Tu rostro no conoce las marcas de la derrota.

Levantas la mano para soltarte, con calma. Atrás habían quedado los estertores con que tu cuerpo intentaba huir de la soga y las manos desesperadas rasguñando tu cuello cada vez que intentabas soltarte, ahora todo es calma, para todo hay tiempo.

Sin saber cómo, estás de pie en medio del lugar, tratas de comprender lo que ha pasado pero es inútil, algo falla en tu memoria y sólo te queda la multitud en tus oídos, ¿o afuera, esperando a que salgas a pelear? No es posible, la facilidad con que acabas de soltar el nudo corredizo te había faltado allá arriba, eso lo recuerdas claramente: tu tráquea ha debido romperse, el aire en tus pulmones se había extinguido lentamente y tus venas, que en principio habían bombeado a borbotones, poco a poco fueron cediendo. La asfixia, estabas seguro, te había matado.

El camerino es un cuarto austero. Un mesón, una butaca volteada a unos pasos tuyos, y dos puertas: una a tu izquierda, que conduce a la arena, y otra detrás tuyo da a un zaguán que desemboca en el vestíbulo. La fila de casilleros ocupa la pared frente a ti, y a tu derecha un espejo empotrado en el muro refleja todo el lugar. En una esquina, un lavamanos de porcelana manchado por el óxido.

¿Cómo es que estás de pie, mirando tus guantes, tus vendas, tu bata, tus botas, todo dispuesto en orden sobre el mesón, como tu sparring lo deja justo antes de la pelea, mientras calientas, para luego irse y dejarte solo con tus pensamientos, anticipando cada golpe, cada salto en el cuadrilátero, eligiendo el round en el que caerá tu oponente? ¿Cómo?

Enjuagas tu rostro en el lavamanos sin comprender qué pasa. No sabes por qué, pero por tu mente se cruza el video de la pelea Ali Vs. Foreman en Kinshasha, el famoso “Rumble in the Jungle”, 1974. Lo viste incontables veces durante tus años de formación: “sufre ahora y vive tu vida como un campeón”, recitabas entonces, durante los entrenamientos. Apenas podías creer en la resistencia y la fuerza de Ali. Estaba contra las cuerdas a lo largo de los asaltos, y justo treinta segundos antes del campanazo, en cada asalto, liberaba una lluvia invisible de golpes contra el rostro de Foreman, “Ali, boma ye!”, gritaba la gente, ¡Ali, mátalo!

Casi puedes sentir de nuevo tu sangre hirviendo con la serie de golpes que tumban a Big George en el octavo asalto:Ali arrinconado casi todo el asalto; de repente, conecta un derechazo y luego un cruzado que manda a Foreman de bruces contra las cuerdas, las cosas cambian y ahora es Ali quien golpea a matar, toma confianza y ataca cada vez con mayor fuerza, derecha otra vez, todas cruzadas, derecha de nuevo, jab de izquierda, seguido de un último derechazo y a la lona ¡Seis golpes de una velocidad increíble coronan a Muhammad Ali campeón de los pesos pesados!

El agua cae de tu rostro al lavamanos y sólo sabes que estás ahí, que nada importa. Han pasado décadas desde la pelea del siglo, hace tiempo que no hay mitos aparte de ti y la algarabía crece con cada segundo: pasa de tus oídos a inundar el camerino. Todos gritan tu nombre, te están esperando y nunca rechazas una pelea. El dolor en el cuello cede y aumenta el barullo que, podrías jurarlo, viene de la arena.

Te pones la bata, amarras con fuerza los botines, te vendas las manos y, como puedes, te pones los guantes. Algo adentro crece, hierve. Cruzas la puerta y un pequeño callejón cundido de gente que te saluda, te conduce al cuadrilátero. Sales solo. Tu equipo espera en la esquina del ring. Tu retador, un escocés, una joven promesa como lo fuiste antes de ser más que tu nombre. Pan comido, piensas. Le faltan años, le falta experiencia, le faltan clases de cómo caer, las que impartes, las que hace mucho olvidaste.

Suena la campana y el primer asalto se va en tantear el terreno. Jab viene, Jab va. Ninguno quiere hacer daño; están midiéndose uno al otro. Poco a poco recuerdas, como si ya lo hubieras vivido. Reconoces su rostro, vienen a tu mente insultos cruzados en ruedas de prensa, durante el pesaje. Bailan de un lado a otro del ring, jab-cross-crochet, izquierda-derecha-izquierda, castigas. Subes la guardia y viene lo tuyo. Hígado y riñones para empezar, nada de qué preocuparse. Los tres primeros minutos pasan rápido. En el segundo asalto es donde realmente comienza la batalla.

El segundo asalto es tuyo. Dos uppercut sin que los viera venir te dicen que estará listo para el tercero. Estás en lo más alto, y quien mire para arriba tendrá que pedirte disculpas. Marcas tus golpes, jab, jab, jab. Mantén la distancia, muchacho, que voy a romperte la cara. No hay cuerdas, la pelea no sale del centro. Bailan uno en torno del otro, suena la campana. En el tercero es tuyo, en el tercero cae.

Tercer asalto y el chiquillo da la guerra. Para el cuarto te ha llevado a las cuerdas, subes la guardia y recuerdas a Ali, como te dé distancia le rompes la cara, como te dé distancia, seis golpes y Foreman a la lona, piensas. Aunque el escocés no es negro y Foreman era dos veces su tamaño. Dame distancia, mocoso, dame distancia que te parto la cara. Cross de derecha, que vamos al centro, que no me gustan las cuerdas en la espalda, jab, cross, uno dos, y cúbrete que voy por ti. De golpe se agacha y arremete, recibes uno, y otro y otro gancho. Atrás de nuevo, que te rompen la ceja, las cuerdas, carajo las cuerdas. Campana.

En el quinto cae. No es la primera vez que te toma un par de asaltos más, no es la primera vez que un oponente te toma por sorpresa. No se lo digas a la prensa.

Quinto asalto, vas con todo. Viene con todo. Golpe va, golpe viene. La guardia arriba y el torso lleva la peor parte, tres minutos son eternos cuando se llevan dos asaltos más de lo planeado, cuando tus peleas casi nunca pasan del cuarto y has pegado con fuerza. Sexto asalto y lo llevas contra las cuerdas, de nuevo el Rumble in the Jungle, la multitud grita tu nombre y el escocés es tuyo. Guardia arriba, uno, dos, hígado y riñones, uno, dos. Le das distancia para que baje la guardia. Ataca y no alcanzas a retirar. Baja la guardia y contraatacas. Eres Foreman ahora, sólo que no pesas tanto. Tus brazos aún no te hacen perder el equilibrio. Uppercut, no lo viste venir y el chico se sonríe, no eres Ali, no eres Foreman, eres “Manny”. Contraatacas, se agacha y su derecha cruza nuevamente tu mandíbula; no acabas de recibirlo cuando la izquierda aplasta tu mejilla. Ahora retrocedes, vuelve el dolor de cuello, vuelve el sabor a cobre y sal en tu boca, los gritos de la muchedumbre vuelven a lo más profundo de tus oídos, un eco vago. ¿Eso que viene es otro gancho de derecha?

Un camión te cruza la sien. Un caballo da coces en tu frente. El mundo entero te golpea con sus gritos.

No los viste venir, ni al escocés, ni sus golpes. Todo el tiempo viste la gloria, el Rumble in the Jungle, tus autos lujosos, los comerciales que grabaste, el título mundial que era tuyo hacía cinco años. Nunca miraste hacia abajo y arriba de ti no hubo nada. Ahora miras abajo mientras caes, “Manny” García cae y el referee cuenta…

De nuevo el camerino. Te quitas los guantes con ayuda del entrenador, te quitas las vendas, lo pones todo sobre la mesa, organizado, como siempre. Nunca habías pensado en la derrota. Cinco años de gloria arrebatados por un escocés del que ni siquiera te tomaste la molestia de recordar su nombre. Un pelirrojo insípido se acaba de llevar tu carisma, tus contratos, tu carrera, tu juventud, tu fuerza y tu belleza. Eres otro excampeón, otro viejo; algo que nunca habías considerado. Algo que no estás dispuesto a soportar.

Descalzo, parado en la butaca que pronto has de empujar hacia adelante para perder el equilibrio, ajustas la soga y te preguntas qué habría sido si… y todo se borra poco a poco, el eco se desvanece, el silencio te aturde. Talonazo a la butaca y, mientras tu cuerpo se sacude, mientras por tus venas corre sangre a borbotones, mientras tus manos desesperadas tratan de agarrar la cuerda aunque intentes evitarlo, te preguntas si no has vivido esto antes.

© Leonardo Gil Gómez

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