En los últimos días he pensado mucho en los mecanismos del poema en prosa, en la dificultad que reviste, en su condición de animal mitológico, casi imposible, a medio camino entre la narración y la metáfora. Les dejo el gran poema Fisuras, del poeta paisa Gabriel Jaime Franco:

 

A mí, al menor descuido, se me abre una fisura. Es algo completamente inevitable, completamente. Todo lo que veo desencadena en mí una suerte de tristeza, y es ahí que sólo salir a la calle y mirar a las muchachas que compran la leche –filadas como fichas de dominó o como un ejército hambreado- me comienza una fisura por los lados del colon, que se mueve y termina por situarse en un lugar irreconocible. Es la tristeza. Yo podría muy bien salir y mirar como quien mira sus propios nervios oculares, pero he ahí que me agarra un dolor en la frente y la gente, además,  huye espantada y murmurando cosas ininteligibles. A mí sólo me alegra el sopor de la noche y el ruido que produce el viento al arrastrar las hojas secas de los árboles: la ilusión de un otoño esperado por siglos. Si no estuvieran esas muchachas comprando leche, tendría de cualquier manera tomar el autobús, y a mí tomar el autobús me es hierro, me es roca, porque al instante veré a las colegialas enchapadas en sus dulces uniformes respirando el aire enrarecido del bus como un rey que recorre sus dominios, pero sin embargo con un temor visiblemente disimulado. No puedo tampoco decirle al hombre que está a mi lado que la vida es una continua herida, porque el hombre no hará otra cosa que reafirmarlo condescendientemente y luego hacerse el estúpido mientras mira los balcones de las casas a través de la ventanilla grasienta del bus. No tengo la culpa si una señora con un canasto repleto de huevos es un asunto incomprensible o si el crepúsculo es la cara real del ansia. Soy un tipo sin arreglo, definitivamente sin arreglo: cada paso me es pregunta, me es duda; cada visión, una fisura, semejante a la que abren los recuerdos dulces, dulcísimos de una infancia entre montes y ramajes. Lo que no puedo hacer, en todo caso, es cerrar los ojos, porque tengo que mirar mi interior, donde no se ve otra cosa que un país de desterrados. Lo que más me gusta es dormir, siempre que pueda o siempre que una de mis súbitas conmociones nocturnas no lo impida; o cuando mi padre lo permita, porque mi padre, invadido por un insomnio indómito, comienza a pasearse por los cuartos con machacazos de nostalgia bajo las pantuflas. Para él también lo mejor es el reino tumultuoso de la noche, allí donde no hay memoria y el deseo es una fiera que no domina el tiempo. En este país, lo sé, el invierno níveo y el otoño son medidas del sueño más redulce, pero verano y lluvias siguen tejiendo secularmente el tedio y esta innoble sensación de impotencia. Los años pasan como pluma y el silencio concentrado de la noche agranda las fisuras.

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