“Yo había saltado desde el borde y entonces, en el último instante, algo me cogió en le aire. Ese algo es lo que defino como amor. Es la única cosa que puede detener la caída de un hombre, la única cosa lo bastante poderosa como para invalidar las leyes de la gravedad”

Marco Stanley Fogg

 

Las palabras de M. S. Fogg aparecen justo después de que ha decidido morir de inanición, desvanecerse en medio de la multitud como un indigente en Central Park, experimentar en carne propia una Nueva York que devora a sus hijos. Sabemos ya que el amor lo salva del abismo, pero encontraremos también que no lo redime de su búsqueda. A Fogg le falta aún encontrar sus raíces, aprender de un viejo huraño el sentido de encontrarse a sí mismo, descubrir por azar a su verdadero padre y perderlo en el acto, atravesar a pie el desierto desde Utah hasta California.

Pocas novelas comienzan con la pregunta por la vida. De hecho, pocas son explícitas al indagar por el momento exacto en que comienza la vida de un hombre, aunque tengo la sospecha de que muchas tratan de ocuparse de ello. Precisamente en la novela de Paul Auster El palacio de la luna (1989), podemos acompañar a Fogg en su búsqueda por resolver esta pregunta. Y tal vez sea esa búsqueda en particular y el hecho de que Fogg sea un aprendiz de escritor, sobrino de un clarinetista venido a menos, encargado de cuidar a un pintor que ha renunciado a su carrera, novio de una bailarina e hijo de un historiador, lo que hace de ésta una novela que, cada vez más, es considerada “de culto” entre quienes tienen pretensiones artísticas.

En cuanto a la narrativa, una estructura en la que Auster se siente cómodo: abrir la historia como quien juega con unas matrioskas a medida que cada personaje da cuenta de su vida; dilatar la acción en largos monólogos autobiográficos y una delicada sutura que une las vidas de los personajes y pretende mostrarse azarosa. Es la misma fórmula que atraviesa la Trilogía de Nueva York, las mismas preocupaciones, el mismo ‘yo’ que se desvanece en medio de lo que muchos llaman la crisis posmoderna. En últimas, la misma sensación de que, escriba lo que escriba, un escritor siempre está construyendo la misma historia, la que tiene que decir, la que da cuenta de su paso por el mundo

Al final del viaje, tras sobrevivir al salto, más allá del amor y de la búsqueda de las raíces, la pregunta persiste, ya no para Fogg, sino para quien cierra el libro y se mira en el espejo: ¿en qué momento comienza la vida de un hombre?

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