Le rezaba a Dios,

le rezaba ardientemente,

para que hiciera de ella

una feliz chiquilla blanca.

Y si ya es tarde para esos cambios,

pues al menos, Mi Señor, mira cuánto peso

y quita de aquí como poco la mitad.

Pero el misericordioso Dios dijo No.

Simplemente puso la mano en su corazón,

le miro la garganta, le acarició la cabeza.

Y cuando todo haya pasado -añadió-

me llenarás de júbilo viniendo a mí,

mi alegría negra, mi tonel cantarín.

Wislawa Szymborska

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