Revisando algunos papeles, me encontré una reseña que escribí, a propósito de la Antología de poesía colombiana realizada por Fabio Jurado y publicada por la editorial Común Presencia. La reseña fue publicada por la revista del departamento de Literatura de la Universidad Nacional en su edición número 14, primer semestre de 2012. Les dejo a continuación el texto:

Portada de la revista Literatura: Teoría, Historia, Crítica. Universidad Nacional de Colombia.
Portada de la revista Literatura: Teoría, Historia, Crítica. Universidad Nacional de Colombia.

Las bibliotecas, si uno se lo piensa bien, no tienen propietario. Cuenta Rafael Argullol que en 1933 dos barcos de vapor, el Herminia y el Jessica, remontaron el río Elba con un cargamento de 531 cajas. Iban de Hamburgo a Londres con el propósito de salvar de las llamas del holocausto la biblioteca Warburg, que contenía más de 60.000 libros. Lo sorprendente de esta colección, además de su periplo en un tiempo en que el destino de las bibliotecas era el fuego, fue la poco ortodoxa distribución que su creador —¿recopilador? ¿coleccionista? ¿antologista, teniendo en cuenta que la palabra ‘antología’ está definida como una colección de trozos literarios seleccionados, de un autor o varios?—, Aby Warburg, estableció para ella con el paso de los años.

Warburg organizó los volúmenes de su biblioteca siguiendo un intrincado método regido por “afinidades electivas” que no suponían una distribución alfabética o por áreas del conocimiento, sino por asociaciones más sutiles y delicadas, como las filiaciones simbólicas que se pueden establecer entre un tratado de historia y uno de medicina de épocas disímiles. Algo muy parecido a lo que sucede en la actualidad con los hipervínculos que nos llevan de un texto a otro según relaciones que sólo son comprensibles bajo las circunstancias de una lectura particular.

Quien realiza una antología cumple, de cierto modo, el papel de quien organiza los volúmenes de una biblioteca. Lector obsesivo, se ocupa de llevar de aquí para allá obras, textos, fragmentos, poemas uno cerca de otro, siguiendo el criterio de sus afectos. Esta labor, contrario a lo que se pueda pensar, no carece de rigor, pues no hay mayor rigor que el que dictan los gustos, las pasiones.

En lo que se podría considerar un intento por esbozar los rumbos de la poesía colombiana desde una mirada a su tradición y al panorama que ofrecen los nuevos poetas frente a la misma, han salido al mercado varias antologías de poesía en los últimos años. Algunas de ellas en colaboración con países como México (Antología de poesía contemporánea México-Colombia Cangrejo editores, embajada de México, 2011, selección de Federico Díaz-Granados) o Venezuela (Antología de la poesía colombiana 1958-2008, Fundación editorial el perro y la rana, 2009, selección de Iván Beltrán Castillo); o grandes proyectos editoriales como la colección Cincuenta poetas colombianos y una antología, publicada en 2010 por la editorial tolimense Caza de libros. Si se mira más hacia atrás, se encuentra la primera versión de la antología que nos ocupa, publicada en colaboración con la UNAM y que fue corregida y aumentada en esta nueva edición, y la célebre Antología de la poesía colombiana (Grupo editorial Norma, 2005, selección de David Jiménez). Así, resulta curioso el contraste de al menos seis antologías que pretenden abarcar un amplio espectro del panorama poético nacional, publicadas en la última década, frente a dos con ambiciones similares o mayores, publicadas en el siglo XX: Antología crítica de la poesía colombiana 1874-1974, selección de Andrés Holguín, y Antología de la poesía colombiana, selección de Rogelio Echavarría.

Fabio Jurado Valencia (1954) se ocupó, en un primer momento en el año 2005 y de nuevo hacia el 2010 y el 2011, de organizar sus lecturas de manera tal que pudiera ofrecer al lector una perspectiva (la suya) de la poesía nacional, sus autores y poemas representativos. Dada la magnitud de la empresa de Jurado (que si bien no se puede comparar con la de Warburg, sí se puede ponderar, por cuanto abarca casi un siglo de poesía en Colombia), el principal rigor e hilo conductor de la presente antología los constituye el tiempo. Es así como el lector se encuentra ante una selección que inicia en 1931 con Aurelio Arturo y termina más de setenta años después con Andrea Cote, en estricto orden cronológico de la fecha de nacimiento de los autores. El criterio de selección elegido por Jurado, busca responder a tres interrogantes que nacen de su propia lectura, como lo explica en el prólogo, ya desde la versión del 2006, cuando para entonces

Hacía falta en México una antología de la poesía colombiana que posibilitara el acercamiento a las obras de los poetas del siglo XX y de quienes se perfilaban en el siglo XXI. En la decisión de acometer tal tarea me propuse definir un criterio, que respondiera a las preguntas ¿en qué momento y con quién se inicia la poesía colombiana del siglo XX? Y, de otro lado, a partir de allí, ¿cómo saber elegir a los autores y los textos fundamentales? Para el caso de los poetas que estaban perfilándose en el siglo XXI, ¿a quiénes proponer en la antología sin ser tan arbitrarios? (Jurado 2011, 7).

JURADO VALENCIA, Fabio. Poesía colombiana: antología 1931-2011. Bogotá, Común Presencia Editores, 2011.
JURADO VALENCIA, Fabio. Poesía colombiana: antología 1931-2011. Bogotá, Común Presencia Editores, 2011.

La respuesta a las primeras dos preguntas, como es de esperarse, obedece a una juiciosa lectura de los poetas consagrados por la tradición y atiende a poemas que no habían sido seleccionados en antologías previas. De allí, la figura de Aurelio Arturo como iniciador de la poesía del siglo XX brilla con luz propia, dada la magnitud de su aporte a la poesía nacional. En cuanto a la tercera pregunta, los premios nacionales e internacionales, y en algunos casos, la innovación en las propuestas, marcaron la pauta a seguir en la selección de autores.

Jurado reconoce que el propósito de la antología no es una muestra de la poesía colombiana, ni sus ambiciones son las de la crítica. No faltará quien busque en el índice con lupa, tratando de encontrar qué autor se omite, porque pareciera ser así como se miden las antologías. Como la tentación es imposible de resistir, ya habrá oportunidad de preguntar por los ausentes. Por lo pronto, cabe destacar que en la selección de setenta poetas, se logra abarcar y hacer explícito el desarrollo histórico de la poesía colombiana desde los años treinta. El lector podrá observar cómo Jurado abarca las generaciones de Mito, el nadaísmo, Golpe de Dados, la ‘generación desencantada’, y generaciones posteriores que no han sido unificadas por parte de la crítica bajo una revista o un nombre específico.

Con una mirada tan amplia como para encontrar los diferentes registros que se dieron en el siglo XX y que despuntan en los albores del XXI, se observa el desarrollo de la poesía nacional, desde Aurelio Arturo y los paisajes que discurren entre metáforas en Morada al sur,

Te hablo de noches dulces, junto a los manantiales,

junto a cielos,

que tiemblan temerosos entre alas azules:

te hablo de una voz que me es brisa constante,

en mi canción moviendo toda palabra mía,

como ese aliento que toda hoja mueve en el sur, /tan dulcemente

toda hoja, noche y día, suavemente en el sur (Ibid. 24)

quien logra interesantes aproximaciones a la delicadeza del lenguaje rehuyendo de las pomposidades del modernismo; hasta la voz seca y cotidiana de los poemas en prosa de Gabriel Jaime Franco, poeta destacado más por su labor en la organización del Festival Internacional de Poesía de Medellín que por su obra, pero con una propuesta interesante:

No puedo tampoco decirle al hombre que está a mi lado que la vida es una continua herida, porque el hombre no hará otra cosa que reafirmarlo condescendientemente y luego hacerse el estúpido mientras mira los balcones de las casas a través de la ventanilla del bus. No tengo la culpa si una señora con un canasto repleto de huevos es un asunto incomprensible o si el crepúsculo es la cara real del ansia. […] Los años pasan como plumas y el silencio concentrado de la noche agranda las fisuras. (268-269)

La antología recorre hitos importantes como Héctor Rojas Herazo y su tono vallejiano:

Me pusieron mi ropaje de vísceras

y luego me dijeron: /camina, escucha, dura,

ganarás la lumbre de cada día con el sudor de tu alma. (41)

Señala igualmente la importancia de poetas como Matilde Espinosa, Maruja Vieira, Álvaro Mutis y Jorge Gaitán Durán, fundador de la revista mito, traductor del Marqués de Sade y pionero en el trabajo del erotismo en la poesía en Colombia:

Desnudos afrentamos el cuerpo

Como dos ángeles equivocados […]

Para que me abrasen en el polvo tus dos astros,

Tendidos como guerreros de dos patrias que el alba separa,

En tu cuerpo soy el incendio del ser. (62)

Del período del nadaísmo, destaca a Jaime Jaramillo Escobar, de quien afirma con certeza que privilegia la intención de hacer arte, a diferencia de la actitud socarrona y descuidada del movimiento: “Esta antología recoge algunos textos de Jaime Jaramillo Escobar, porque reconoce en su poesía otro momento fundamental de la literatura colombiana” (13). Mayor contraste ofrecen los poetas contemporáneos que no adhirieron al nadaísmo, como Giovanni Quesseep, quien en plenos años sesenta opta por renunciar al espíritu contestatario de la época para refugiarse en el culto del lenguaje y beber de las fuentes de Oriente antiguo, como se observa en el poema “Carta imaginaria”, que retoma parte del mito de Odiseo en endecasílabos:

Vivo en un reino milenario, el cielo

pasa sobre las torres como un agua

llena de cantos. Puedo ver la luna

que rodea a los pájaros, la piedra

donde alguien escribió que todo es vano. (108)

Otro poeta paralelo al nadaísmo y que exploró como nadie hasta entonces el tema de lo urbano, fue Mario Rivero; de su poesía se destaca el lenguaje coloquial y los referentes a la vida cotidiana, la ciudad, el barrio. Cierra el ciclo José Manuel Arango, un autor cuya importancia fue reconocida de manera tardía a nivel nacional “en algún lugar alguien lee /un libro extraño como el silencio”. (94)

De la siguiente generación tenemos noticias porque su obra es cercana a los lectores contemporáneos y porque los nombres Darío Jaramillo Agudelo, Juan Manuel Roca, y Raúl Gómez Jattin constituyen quizá los picos más altos de la poesía colombiana de la segunda mitad del siglo XX, por el reconocimiento nacional e internacional, en el caso de los dos primeros, y por la delirante actitud vital y creativa que condujo a Gómez Jattin a la muerte a una edad en la que su obra cobraba mayor importancia. Se trata, en los tres casos, de registros con un alto cuidado por la metáfora, el verso libre y la expresión de lo humano mediante imágenes que configuran un universo propio. Las diferencias entre sus obras son evidentes, tanto en la temática que abordan como en los recursos a los que acuden; mientras Jaramillo opta por un tono reflexivo, intimista, Roca prefiere la intuición de espacios imaginarios, poblados por fantasmas y ángeles, y Jattin explora sus propios demonios en un tono confesional y descarnado, poblado de imágenes propias de las riberas del Sinú. Veamos una pequeña muestra de cada uno:

Cuando decimos piedra no decimos nada: decimos acantilado, guijarro, decimos cal y mármol (Jaramillo Agudelo), (156).

Si enterara del todo a los que fui,

La alcoba holgaría igual que una casona

Y no sabría qué hacer con su vacío (Roca), (150).

¿No es verdad que es necesario desbocar esas aguas

podridas para que se oreen la vida y la poesía

¿Que es necesario verle los ojos a la muerte

para aprender a morir a solas?” (Jattin), (137).

Muy cercana a ellos y con una obra bastante amplia entre poesía y narrativa, está Piedad Bonnett, quien concentra el universo femenino en metáforas delicadamente elaboradas, con referentes a autores universales y un trabajo que combina elementos cotidianos e imaginarios.

En cambio,

las mujeres que en una mujer hay

nacen a un tiempo todas

ante los ojos tristes de los tristes.

La mujer-cántaro abre otra vez su vientre

Y le ofrece su leche redentora.

La mujer-niña besa fervorosa sus manos paternales de viudo desolado. (192)

De las generaciones siguientes, es decir, aquellos nacidos entre el último lustro de los años cincuenta y los ochenta, aún está por configurarse un panorama definitivo. Sin embargo, resaltan nombres como Luis Eduardo Gutiérrez, Julián Malatesta, Gabriel Jaime Franco, Fernando Herrera, Mauricio Contreras, Jorge Cadavid, Ramón Cote y Fernando Denis. De éstos, los últimos cuatro son los autores con mayor figuración en antologías y recitales. Vale la pena destacar la obra de Malatesta, que muestra una fuerte influencia de oriente, conjugada con escenarios de la infancia y la pregunta por el tiempo, y cuya aparición en la antología supuso un descubrimiento para este servidor.

Una llaga hay que palparla con los dedos

Como quien hurga en la escudilla vacía de los alimentos.

Fue entonces cuando vino a buscarme el carcelero,

El tigre de su mirada dormía. (256)

La compilación de Jurado cierra con la obra de Andrea Cote, quien se perfila como un referente de la generación de los años ochenta, dado que su primer libro Puerto calcinado alcanzó amplio reconocimiento nacional e internacional.

Todos los días me deshago de la hierba

que crece dentro de esta casa

pero crece de nuevo, rompe la casa y la deshoja. (440)

Estamos, pues, ante una antología que, sin proponerse una muestra rigurosa de la poesía colombiana, logra una instantánea bastante diciente del devenir de ésta en el último siglo y las diferentes rutas que ha venido tomando en la última década. Como se mencionó al comienzo, más que de crítico, Jurado oficia con la diligencia de quien organiza una biblioteca. Como en el caso de Warburg, el rigor lo dicta el capricho de quien conoce un tema y le apasiona, pero aborda de él lo que más le gusta sin desconocer la importancia de otras obras o temas; siempre atendiendo a sus intereses, a sus lecturas favoritas.

Tal vez por ello se explica la ausencia de autores como Porfirio Barba Jacob y León de Greiff, quienes figuran en cuanta selección de poesía colombiana existe y cuya ausencia, si bien es notable, se podría justificar por esas mismas razones. Sin embargo, cabría preguntar por otros casos, como la obra de Luis Carlos López, que parece responder a la primera pregunta con que Jurado definió su criterio de selección. No sólo desde un punto de vista cronológico, sino gracias a su propuesta cercana (anticipada, si se quiere) a la antipoesía del chileno Nicanor Parra, que marca cierto espíritu vanguardista en consonancia con el panorama latinoamericano, se puede considerar a López como un iniciador de la poesía del siglo XX. Más importante aún, se ve la ausencia de Luis Vidales, cuya obra es capital para comprender las más fuertes rupturas con la tradición y, quizá, el único nombre de la poesía colombiana que se inscribe de manera auténtica en la vanguardia latinoamericana. Se suman otros nombres como Carlos Obregón, poeta con escaso reconocimiento y una gran obra, José Luis Díaz-Granados y Meira del Mar.

¿Será injusto preguntar al antologista por estas omisiones en contraste con nombres y textos de calidad cuestionable (al menos en la selección propuesta), especialmente entre las décadas de los cincuenta y los setenta? Corresponde al lector dar curso a este interrogante y ubicar o no en su biblioteca imaginada los nombres que su gusto dicte. Después de todo, como dice Borges en un viejo poema publicado a finales de los sesenta1: “Ordenar bibliotecas es ejercer, /de un modo silencioso y modesto, /el arte de la crítica.”

1BORGES, Jorge Luis. Elogio de la sombra. Emecé. Bs. As., 1969. p. 86.

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