Vivimos en una era en la que la ubicuidad del teléfono celular representa no solo la necesidad de estar en “contacto” permanente con nuestros allegados y nuestro trabajo, sino que es señal de una cada vez mayor imposibilidad de renunciar a esa conectividad.

Otra víctima de la telefonía celular, podríamos decir que es su predecesor: el teléfono fijo. Esta semana me vi en la necesidad de comprar un teléfono fijo y no pude evitar preguntarme si realmente era necesario hacerlo. La vida tiene sincronías extrañas: compré el aparato y media hora después, entre las lecturas que tenía que realizar para mi trabajo, emergió este texto de Walter Benjamin:

Teléfono

Puede que sea por culpa de la construcción de los aparatos o de la memoria, lo cierto es que, en el recuerdo, los sonidos de las primeras conversaciones por teléfono me suenan muy distintos de los actuales. Eran sonidos nocturnos. Ninguna musa los anunciaba. La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero. Y la recién nacida fue la voz que estaba dormitando en los aparatos. El teléfono era para mí como un hermano gemelo. Y así tuve la suerte de vivir cómo superaba, en su brillante carrera, las humillaciones de los primeros tiempos. Pues cuando ya habían desaparecido las habitaciones exteriores las arañas, pantallas de estufa, palmeras, consolas y balaustradas, el aparato, cual mítico héroe que estuviera perdido en un abismo, dejó atrás el pasillo oscuro para hacer su entrada real en las estancias menos cargadas y más claras, habitadas ahora por una nueva generación. Para ella fue el consuelo de la soledad. A los desesperados que querían dejar este mundo miserable les enviaba el destello de la última esperanza. Compartía el lecho de los abandonados. Incluso llegaba a amortiguar la voz estridente que conservase desde su exilio, convirtiéndola en un cálido zumbido. Pues, ¿qué más había menester en lugares donde todos soñaban con su llamada o la esperaban temblando como el pecador? No muchos de los que hoy lo utilizan recuerdan aún qué destrozos causaba en aquel entonces su aparición en el seno de las familias. El ruido con el que atacaba entre las dos y las cuatro, cuando otro compañero de colegio deseaba hablar conmigo, era una señal de alarma que no sólo perturbaba la siesta de mis padres, sino la época de la Historia en medio de la cual se durmieron. Eran corrientes las discusiones con las oficinas, sin mencionar las amenazas e invectivas que mi padre profería contra los departamentos de reclamaciones. Sin embargo, su verdadero placer orgiástico consistía en entregarse durante minutos, y hasta olvidarse de sí mismo, a la manivela. Su mano era como el derviche que sucumbe a la voluptuosidad de su éxtasis. A mí me palpitaba el corazón; estaba seguro que, en estos casos, era inminente que la funcionaria recibiera una paliza por castigo. En aquellos tiempos, el teléfono estaba colgado, despreciado y proscrito, en un rincón del fondo del corredor, entre la cesta de la ropa sucia y el gasómetro, donde las llamadas no hacían sino aumentar los sobresaltos de las viviendas berlinesas. Cuando llegaba, después de recorrer a tientas el oscuro tubo, apenas el dueño de sí mismo, para acabar con el alboroto, y arrancando los dos auriculares que pesaban como halteras, encajando mi cabeza entre ellos, quedaba entregado a la merced de la voz que hablaba. No había nada que suavizara la autoridad inquietante con la que me asaltaba. Impotente, sentía cómo me arrebataba el conocimiento del tiempo, deber y propósito, cómo aniquilaba mis propios pensamientos, y al igual que el médium obedece a la voz que se apodera de él desde el más allá, me rendía a lo primero que se me proponía por teléfono.

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