Que un programa íntimo alcance magnitudes universales es algo a lo que pocos aspiran. Con suerte la ambición de hablarle a todo el mundo concede un lugar para el encuentro silencioso de dos mentes que tienen algo en común. El lugar de los grandes está reservado para aquellos que, como dicen que dijo el ruso, retratan su aldea.

Esta semana me encontré con esto:

Al lector

Lector, éste es un libro de buena fe. Te advierte desde el inicio que el único fin que me he propuesto con él es doméstico y privado. No he tenido consideración alguna ni por tu servicio ni por mi gloria. Mis fuerzas no alcanzan para semejan te propósito. Lo he dedicado al interés particular de mis parientes y amigos, para que, una vez me hayan perdido —cosa que les sucederá pronto— puedan reencontrar algunos rasgos de mis costumbres e inclinaciones, y para que así alimenten, más entero y más vivo, el conocimiento que han tenido de mí. Si hubiese sido para buscar el favor del mundo, me habría adornado mejor, con bellezas postizas. Quiero que me vean en mi manera de ser simple, natural y común, sin estudio ni artificio. Porque me pinto a mí mismo. Mis defectos se leerán al natural, mis imperfecciones y mi forma genuina en la medida que la reverencia pública me lo ha permitido. De haber estado entre aquellas naciones que, según dicen, todavía viven bajo la dulce, libertad de las primeras leyes de la naturaleza, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero, te aseguro que me hubiera gustado muchísimo pintarme del todo entero y del todo desnudo. Así lector, soy yo mismo la materia de mi libro; no es razonable que emplees tu tiempo en un asunto tan frívolo y tan vano. Adiós, pues.

Desde Montaigne, a 12 de junio de 1580.

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