La Biblioteca Luis Ángel Arango tiene una curiosa forma de proteger los libros que, a la hora de escanear la carátula, me pareció chévere: ese marco rojo de la cubierta, la hoja en blanco que "descentra" la posición de la carátula original...
La Biblioteca Luis Ángel Arango tiene una curiosa forma de proteger los libros que, a la hora de escanear la carátula, me pareció chévere: ese marco rojo de la cubierta, la hoja en blanco que “descentra” la posición de la carátula original…

En mi caso -disculparán los que odian el lugar común-, todo comenzó con Cortázar. Tenía 17 años y me sentía desubicado: había empezado una carrera que odiaba y, aunque me esforzaba en mis estudios, los resultados eran menos que mediocres. Además, tenía la sensación de haber abandonado algo. Fue una conversación con un primo que, en nuestra adolescencia fue un lector más asiduo que yo (yo era un vago, me había acostumbrado a leer por obligación en el colegio y había olvidado el placer de leer porque sí); de hecho, más que la conversación, fueron los libros que me prestó: El coronel no tiene quién le escriba, La metamorfosis y Rayuela. El primero solo lo leí algunos años después, el segundo lo despaché con relativa rapidez y Rayuela fue el inicio de una serie de transformaciones que me tienen hoy dedicado a la literatura.

Este año he tenido la fortuna de repasar mis lecturas de pregrado, los autores que fueron mi primera escuela (más en el sentido de la educación sentimental que de la académica), gracias a un par de cursos que dicto en la Universidad. El semestre pasado fue César Vallejo. Este semestre es Cortázar y con la relectura de cosas que no había vuelto a mirar en diez años (Rayuela entre ellas), han venido muchos pequeños descubrimientos. Entre ellos, las entrevistas que le hizo Ernesto González Bermejo entre el ’70 y el ’77. Un libro infaltable para comprender los mecanismos internos de la obra de Cortázar.

Condensar siete años de entrevistas en encuentros informales que tuvieron lugar en ciudades (y

Uno de esos caprichos de la historia: la edición de la BLAA está dedicada por González Bermejo "A Orlando Fals Borda, con el mayor afecto [firma] [texto ilegible] Dic- '86"
Uno de esos caprichos de la historia: la edición de la BLAA está dedicada por González Bermejo “A Orlando Fals Borda, con el mayor afecto [firma] [texto ilegible] Dic- ’86”
seguro momentos) tan disímiles como París y Barcelona, supone una tarea bastante difícil. En total son siete capítulos que desarrollan en cien páginas el grueso de las ideas de Cortázar en torno a su proceso creativo y su relación con la historia. La concepción de lo fantástico que desafía la noción tradicional y cuestiona grandes del género como H. P. Lovecraft (me maravilló encontrar que para Cortázar la teoría de Todorov es insuficiente); el homo ludens, como una alta aspiración estética y una actitud existencial, Jarry y los surrealistas de por medio; Rayuela y la experiencia de minar los valores culturales propios para poner en jaque no solo el sistema de la literatura, sino la propia experiencia de vida en juego con el saberse escritor; la influencia de la revolución cubana en su propia concepción del mundo…

Me quedan muchos elementos sin nombrar, pero uno que me viene rondando la cabeza, no solo por este libro, sino por la teoría del cuento del propio Cortázar y muchas de sus afirmaciones. Una idea en la que creí, con cierto romanticismo por los años en los que mi vida viró hacia la literatura y que se fue apagando conforme creció el conocimiento técnico y teórico. Una idea que, mientras más trato de procesar, más necesaria me parece. Con la seguridad que ha dado el distanciamiento crítico del cual, creo, es hora de distanciarse también: la intuición como principal motor creativo. La seguridad de que la técnica está allí como los mojones del camino para recorrer, la teoría como un conjunto de sistemas desde los cuales es posible cuestionar la existencia de esos mojones, y la intuición como única posibilidad de salirse de ese camino cuya existencia solo prueba que otros lo han demarcado y que, pese a que es un buen comienzo, nunca será uno propio. La intuición como la capacidad de dar un paso afuera del camino, adentrarse en la creación con la certeza de que las estructuras sabidas permanecen, de que la existencia de mojones y senderos es independiente de la capacidad de poner un pie frente al otro y desplazarse.

Los dejo con una pequeña joya de esa curiosidad infinita que hizo de Cortázar un grande de la literatura:

Quizás a ti te va a divertir pero yo creo muy seriamente que Charles Baudelaire era el doble de Edgar Allan Poe. Y te pudeo agregar algunas pruebas, en la medida en que se puede dar pruebas de este tipo de cosas.

Primero hay una correspondencia temporal muy próxima, lo que no es muy importante pero de todas maneras tiene su sentido: porque no tiene mucha gracia imaginar que tu doble haya sido un ateniense del Siglo IV ¿verdad? Lo que le da calidad dramática a la situación es que tu doble esté ahora en Londres o en Río de Janeiro.

Baudelaire se obsesionó bruscamente con los cuentos de Poe a fuerza de que la famosa traducción que hizo fue un tour de force extraordinario, ya que no era nada fuerte en inglés y en la época no había diccionarios con modismos norteamericanos (…) hay como un contacto telepático por encima y por debajo del idioma. (…)

(…) Pero hay más: si tomás las fotos de Poe y de Baudelaire y llas ponés juntas, notarás el increíble parecido físico que tienen, si se elimina el bigote de Poe; los dos tenían, además, los ojos asimétricos, uno más alto que el otro.

Y además: una coincidencia sicológica acentuadísima, el mismo culto necrofílico, los mismos problemas sexuales, la misma actitud ante la vida, la misma calidad de poeta…

Anuncios