Si algo me gusta del gran poeta que es Nelson Romero Guzmán, es su capacidad para crear sus propias mitologías, desprovistas de solemnidad y dueñas de un universo imaginado sin límites. Eso, y el que, con la misma gracia, subvierta las mitologías existentes. Para la muestra, este botón:

La ciega Narcisa enloqueció y dijo: “Estoy en el paraíso”. Ese lugar no existía, hasta que la alucinada lo pronunció, y alguien tomó papel y pluma para escribir su viaje, y para meternos en este embrollo.

No se llamó Eva, se llamaba Narcisa, loca y ciega. Nombre bastante usado en la época de las grandes alucinaciones: la serpiente, la manzana, el engaño, el trabajo, el destierro. Alguien escribió mal su versión para condenarnos.

En un inquilinato, Narcisa padeció la peor de las crisis de su mente: se vio salir por las costillas del hombre.

En ese tiempo trabajaba de jardinera. Las aves la querían, y una vez se enamoró la ciega, hasta que el mismo amor la arrastró, y su mente se fue dando tumbos de hospicio en hospicio, la muchacha pobre, la jardinera.

Al nombrarla nos burlamos de su noche.

Si algún lugar de verdad fuera el Paraíso, sería una clínica de enfermos mentales, donde stuvo asilada Narcisa.

Lo demás es la falsa versión del psiquiatra del génesis.

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