Pocos poemas guardo en el corazón con el cariño que le tengo a “Viéndolas llegar a la universidad”, de Alberto Rodríguez Tosca. De eso hace unos diez años, cuando con el grupo de amigos de la Distrital pintábamos las paredes de la universidad con poemas, mientras tratábamos de adivinar la fórmula para mantener a flote una revista de poesía. Entonces nos parecía que el universo del poema y el universo que recorríamos todos los días en la universidad coincidían perfectamente. No era para menos, las escaleras de la sede Macarena parecían ser el lugar de aquel poema. Años después, Alberto me diría qué universidad era la que quedaba a pocas cuadras de su casa, cómo fue que ellas inspiraron su texto. Por el bien de mis recuerdos olvidé su precisión.

Alberto Rodríguez Tosca y Marta Álvarez, al finalizar una clase de poesía de la Maestría en Escrituras Creativas. Bogotá, 2011.

No son muchos los recuerdos que tengo de él, pero todos son cercanos, entrañables: ese texto que en mi cabeza siempre estará en la pared de la universidad, un taller de poesía en Medellín en el año 2005, donde comprendí los alcances de la metáfora, y los encuentros de la Maestría en Escrituras Creativas, de la U. Nacional, donde tuve la oportunidad de tomar otros talleres con él. Pero, sobre todo, la conversación después de las clases, su sensibilidad cargada de humor. Hoy a mediodía me enteré de su partida, y de nuevo volvió esa sensación que lo asalta a uno cuando ve que sus maestros se van. Quedan las lecturas, claro, Las derrotas, El viaje, Todas las jaurías del rey… Pero si es triste que un autor querido al que solo nos une la callada conversación de la lectura se vaya, lo es aún más la muerte de aquel cuya sonrisa recordamos.

Alberto murió de cáncer a los 53 años tras vivir al menos una veintena de ellos en Colombia. Sus amigos hicieron lo posible para que llegara al hospital Hermanos Ameijeiras, en La Habana, hace alrededor de dos meses (no me imagino la pesadilla de su enfermedad con nuestro sistema de salud). Desde aquí, no queda más que decirle hasta siempre, y recordarlo por lo mejor de él: su palabra.

Viéndolas llegar a la universidad

Cuántas de estas muchachas
amanecieron hoy en brazos de otro,
después de haber hecho el amor una
y otra vez en el largo delirio de la infancia
crecida. Cuántas reventaron de fiebre
esta mañana mientras yo convalecía de mí
y me abrazaba a mis sudores como un náufrago
se abraza a un tronco para soñar con una orilla.
Con cuántas orillas y frutas y veranos soñaron
estas muchachas hoy al final de la ruda faena.

Yo las veo subir las escaleras de la Universidad
y se me parte el alma. ¡Cómo envidio a ese otro
que esta mañana deambuló en sus senos, se ahogó
en sus labios y murió en sus caderas! Cuántas
de estas nuchachas imaginan que en la ciudad
un hombre se muere por ellas y madruga sólo
para verlas subir y deletrear con letras ciegas
las habilidades de sus cuerpos desnudos
contoneándose al ritmo del tic tac de un reloj.

¡Si supieran estas muchachas lo que vaga ese hombre
al verlas pasar con el pelo aún mojado y la sonrisa
del placer todavía desarmándose en sus bocas! Si
lo supieran, dejarían de subir las escaleras y correrían
a comprar una cuerda para llegar a su balcón y secarle
esa lágrima que corre sólo por ellas que amanecieron
hoy en brazos de otro haciendo el amor una y otra vez
en el largo delirio de la infancia crecida.

Poema del hombre que va a morir

Este hombre que va a morir.
Este hombre que va a ejecutar el salto heroico hacia la nada.
Este hombre que cultivó una huerta de espinas bajo sus pies desnudos. Este hombre que miró por última vez a las estrellas y por última vez roció con lágrimas la claridad del firmamento para luego colorearla con su sangre. Este hombre que ayer habló
y jugó y se rió con sus amigos. Este hombre que hoy se despidió con sus hermanos con un “ya vuelvo” que retumbó en la noche como un acorde de violín batallando con la voracidad de un trueno. Este hombre que va a morir termina de vomitar el “poema del hombre que va a morir”… y salta.

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