Variaciones en torno a la poesía

28 05 2012

A la manera de Carl Sandburg

poesía es impactar un V8 contra un muro de concreto después de haber conducido a toda velocidad por una autopista desolada. Es el sol que se deshace en destellos, cristales rotos, latas abolladas, costillas que se rompen.

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es la botella que estalla en la cabeza de alguien en una pelea de bar.

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la costra de sal que deja la noche en el corazón y que algunos llaman resaca.

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el lamentable abandono de quien nunca está solo.

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un atentado contra el silencio en traición al mejor de los aliados.

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poesía son los pasos del asesino que resuenan en la calle vacía, la sangre hirviente de la víctima, el ratón que corre a su madriguera, la anciana que contiene el aliento desde la ventana y cierra la cortina.

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es la certeza de que mientras leo esto la noche avanza en otra parte y alguien espera a alguien que no llegará nunca.

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saber que algo desconocido se escapa a estas letras y todos lo sentimos y callamos.

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un número indeterminado de nombres con los cuales nos dirigimos a dios, a pesar de su silencio.

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desesperación de creer, necesidad de saber que una de estas mentiras tiene sentido.

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poesía es todo lo que quiere decir el poema y el poeta le impide.

©Leonardo Gil Gómez





Metamorfosis – Revista La Otra (México)

8 05 2012

Carátula de la última entrega de La Otra (abril-junio de 2012)

 

 

Hace ya un buen tiempo, Jenny Paola Bernal me pidió unos textos para una muestra de poesía joven colombiana que estaba preparando para la revista La Otra, de México. Le envié el poema que sigue a continuación, pasaron los meses y me olvidé del asunto.

Esta mañana, Juan Manuel Roca, quien estuvo en México la semana pasada, me entregó en clase la última edición de La Otra. Al principio no comprendí, pues de momento no tenía presente el intercambio de correos con Paola hace unos meses. Fue grata mi sorpresa al ver la selección de poesía. Sin más preámbulo que decir que es un honor figurar en esta prestigiosa revista, les dejo el poema publicado:

Metamorfosis

I
Poco se sabe
pero alguien la otra noche dijo
alguien ebrio, supongo,
que al sol le gustaba andarse de rodillas

“al atardecer no muere como creen
los viejos oráculos de las praderas
tampoco duerme

Un millar de patas le salen de la cresta
un millar de lenguas
con que lame las montañas
los árboles
con que bebe las sales secas del mundo

Y con miles de lenguas /patas /rodillas /dedos
el sol se hinca
postra su disco ardiente
para recibir la bendición de la noche
para beber su lago de luces

tiempo después, preñado de sombras
de rodillas el sol
da a luz una niña
una cabellera larga y negra le rasga la espalda
una suave canción brota de él
hija del sol /lluvia muerta
sale a bailar los llantos todos del mundo”

II
besar con temor las praderas del sueño
inhalar su aire tibio

hasta ver
que una mano galopa y la otra canta
que el cuerpo se desbanda en rumores y bruma
que más allá de la noche
los rincones de casa iluminan
la lenta muerte cuando llega de costado

III
Si, a medianoche
la duermevela se rompe
con el estruendo de un corazón que cae
en el rincón más oscuro de Casa

no te levantes

Un beso del silencio /un grillo muerto en todo caso
me traerá de regreso desde el fondo de mis manos

IV
Cansado de dar tumbos por un espacio indeleble
devoraré palmo a palmo las paredes de Casa.

Mi vocación será la renuncia
ya no habrá movimiento

Pronto
Empezarán a caer los tentáculos
como la herrumbre de un coloso marchito

Soy la piedra que aún no es,
hablo el odio de la que vendrá.
La quietud será una luz débil bajo el agua
La arena mi última metamorfosis

Como imagino que la edición digital de la revista tardará en salir y la revista en papel no llega a lugares que la web puede llegar, les dejo enlaces para que conozcan a los poetas que componen la muestra: Santiago Espinosa, Paola Cadena, Henry Alexander Gómez, Jorge Valbuena, Andrea Cote, Lucía Estrada, Luis Botina, Saúl Gómez Mantilla, Carolina Calvo-Pérez, Hellman Pardo, Tania Ganitsky,  Andrés Barbosa V., Felipe García Quinero y Yenny León





El poder de sentirte (Aridjis)

6 04 2012

Dicen que el mexicano Homero Aridjis es uno de los poetas vivos más importantes de nuestra lengua. Por lo pronto, este poema:

 

El poder de sentirte

Te me vas haciendo alas,

ya eres menos física que una palabra,

creces sobre mí

vertical como un árbol,

creo que por eso

ya no sé hablarte de frente

como al día,

o porque te desplazas como un sonido

y no puedo saber dónde eres vulnerable.

Te me vas haciendo imagen,

porque cuando estoy contigo

quiero decirte algo de mí mismo

y la voz se me hace una paloma abstracta.

Sin embargo, me tienes inundado de tus ojos,

estoy lleno de ti como la tierra,

eres más inaplazable que un segundo.

Todo lo has podido haciéndote aurora,

yo no puedo nada, soy demasiado noche,

canto de luciérnaga.

Háblame tú, hoy

en la víspera de la vendimia.





Cerrar los ojos se ha vuelto patético

28 03 2012

Cada vez que cierro los ojos aparece, en el fondo, un hombre diminuto que se queja y llora y maldice la suerte de estar encerrado en un lugar imposible entre mi garganta y mi pecho.

Está allí como un tatuaje en las venas. Cuando lo veo me compadezco de él y me entran unas ganas incomprensibles de arrancarme el llanto de un tajo.

Es mi padre, diré esta noche.

Es yo que no ha parado de beber, dije mañana.

Es la muerte que se disfraza y espera agazapada en mi tórax, me digo la semana pasada.

Y la cosa se agudiza con el tiempo, es algo que crece hasta invadir mi cuerpo. Todo parpadeo es un vistazo al interior, anuncia la maldición de un espectáculo que rechazo con cada latido, con cada gota de sangre que retumba en el corazón.

Resisto. No duermo. No cierro los ojos.

Al cabo de unas horas se empiezan a secar. Arden. Amenazan con caerse y entonces me pongo las manos en ellos y, como quien quiere frenar el derrame de una cascada desde la piedra más alta, caigo al interior y casi me ahogo en sus aguas oscuras.

Imposible.

Ni hablar del sueño.

Todas las noches me visita una pesadilla patética, no asusta, no pasa nada, pero no me deja soñar otra cosa: el hombrecillo grita y pregunta por mis hermanos y sus hijos y los hijos de sus hijos; y yo, que no controlo mis pesadillas, tengo la boca cosida para hablarle y no puedo responder y es entonces cuando eyaculo una palabra.

Sí, señores, cuando tengo pesadillas, eyaculo una palabra.

Amanezco con ella pegada al cuerpo, rancia, muerta, indescifrable y no recuerdo lo que decía. Pero sé que estuvo ahí, que la soñé con la fuerza de mi sangre en las sienes. La recuerdo como si hubiese parido una aguja, una cuchilla de afeitar, una enorme sierra para degollar paisanos.

Me despierto a medianoche y escribo este poema, una y otra vez escribo este poema. Soy Sísifo, empujando esta roca por la pendiente de mi espalda.

Lo he intentado todo: pegarme cintas en los párpados, clavarlos con puntillas a las cejas y el pómulo, comprar un telescopio, disparar una cámara fotográfica, estafar al vecino para quedarme con el ojo de la cerradura y poder espiar a su mujer.

Es inútil. Tarde o temprano vuelvo a parpadear. El horror me llama desde adentro.

Pensé en comprarme una pistola, pero no la uso por temor a morir con los ojos cerrados.

¿Alguien conoce la fórmula para convocar a la muerte por espanto y quedar con los ojos abiertos, como dos soles secos anclados a un punto infinito?

Opté por la cuchara como una forma de emular a Edipo. La cuchara, hermana del pobre y su plato de lentejas. Cuando la miro su brillo de plata es una promesa. La acerco a la cuenca de los ojos, estudio el ángulo de entrada, la fuerza de empuje, el punto de apoyo.

Soy un experto en anatomía del ojo que mira por última vez la calle desde su ventana. Alguien grita afuera. Un gato rasga la calle. Un ladrón emprende la fuga.

Huele a asfalto.

Pronto

Va a empezar a llover.





Fisuras (Gabriel Jaime Franco)

19 02 2012

En los últimos días he pensado mucho en los mecanismos del poema en prosa, en la dificultad que reviste, en su condición de animal mitológico, casi imposible, a medio camino entre la narración y la metáfora. Les dejo el gran poema Fisuras, del poeta paisa Gabriel Jaime Franco:

 

A mí, al menor descuido, se me abre una fisura. Es algo completamente inevitable, completamente. Todo lo que veo desencadena en mí una suerte de tristeza, y es ahí que sólo salir a la calle y mirar a las muchachas que compran la leche –filadas como fichas de dominó o como un ejército hambreado- me comienza una fisura por los lados del colon, que se mueve y termina por situarse en un lugar irreconocible. Es la tristeza. Yo podría muy bien salir y mirar como quien mira sus propios nervios oculares, pero he ahí que me agarra un dolor en la frente y la gente, además,  huye espantada y murmurando cosas ininteligibles. A mí sólo me alegra el sopor de la noche y el ruido que produce el viento al arrastrar las hojas secas de los árboles: la ilusión de un otoño esperado por siglos. Si no estuvieran esas muchachas comprando leche, tendría de cualquier manera tomar el autobús, y a mí tomar el autobús me es hierro, me es roca, porque al instante veré a las colegialas enchapadas en sus dulces uniformes respirando el aire enrarecido del bus como un rey que recorre sus dominios, pero sin embargo con un temor visiblemente disimulado. No puedo tampoco decirle al hombre que está a mi lado que la vida es una continua herida, porque el hombre no hará otra cosa que reafirmarlo condescendientemente y luego hacerse el estúpido mientras mira los balcones de las casas a través de la ventanilla grasienta del bus. No tengo la culpa si una señora con un canasto repleto de huevos es un asunto incomprensible o si el crepúsculo es la cara real del ansia. Soy un tipo sin arreglo, definitivamente sin arreglo: cada paso me es pregunta, me es duda; cada visión, una fisura, semejante a la que abren los recuerdos dulces, dulcísimos de una infancia entre montes y ramajes. Lo que no puedo hacer, en todo caso, es cerrar los ojos, porque tengo que mirar mi interior, donde no se ve otra cosa que un país de desterrados. Lo que más me gusta es dormir, siempre que pueda o siempre que una de mis súbitas conmociones nocturnas no lo impida; o cuando mi padre lo permita, porque mi padre, invadido por un insomnio indómito, comienza a pasearse por los cuartos con machacazos de nostalgia bajo las pantuflas. Para él también lo mejor es el reino tumultuoso de la noche, allí donde no hay memoria y el deseo es una fiera que no domina el tiempo. En este país, lo sé, el invierno níveo y el otoño son medidas del sueño más redulce, pero verano y lluvias siguen tejiendo secularmente el tedio y esta innoble sensación de impotencia. Los años pasan como pluma y el silencio concentrado de la noche agranda las fisuras.





Una nochebuena particular

23 12 2011

Para acompañar las fiestas decembrinas les dejo este artículo de Juan Gelman:

Una Nochebuena particular

Cesaron los tiros. Los combatientes de una trinchera comenzaron a cantar un villancico. En la trinchera de enfrente respondieron con el mismo villancico en otro idioma. Los adversarios de ambos bandos salieron a la tierra de nadie sembrada de cadáveres y confraternizaron. Sucedió el 24 de diciembre de 1914 en el frente de la Bélgica francesa donde terminó la guerra de posiciones y tuvo lugar la batalla de Flandes. A esa altura, la Gran Guerra o “la guerra que iba a terminar con todas las guerras” había cobrado decenas de miles de vidas en cuatro meses. Y el pronóstico falló.

La Historia conoce treguas desde Troya, concertadas entre los mandos enemigos para enterrar a sus muertos, rezar por la victoria, dar algún descanso a las tropas. Esta fue espontánea. La instauraron los efectivos alemanes y británicos enfrentados corriendo el riesgo de padecer sendas cortes marciales, tal vez movidos por el encuentro de la memoria de Navidades pasadas en compañía de sus familias, con la fe en Dios y la fatiga de una guerra sin sentido aparentemente provocada por el asesinato de un remoto archiduque. No se trata de un mito ni de un cuento de Navidad: ocurrió, aunque relatos, novelas, canciones y películas que nacieron de este hecho excepcional lo envolvieron luego con capas de fantasía.

Una fuente legítima de conocimiento son las cartas que los soldados, suboficiales y oficiales británicos enviaron a sus familiares y se publicaron en periódicos ingleses locales hasta que su aparición fue prohibida en 1915 (www.chris tian.co.uk). Construyen una narrativa sin tapujos que deshace toda posibilidad de literatura fantástica. No hace falta. Menos de 60 metros separaban las trincheras de los contendientes en Ypres y los de un lado podían escuchar las conversaciones del otro cuando callaban los fusiles. El 24 de diciembre de 1914 un extraño silencio acompañó la caída del crepúsculo. A las 11 de la noche, los alemanes alzaron un árbol de Navidad con velas encendidas que recibió algunos tiros hasta que se oyó el “Stille Nacht, Heilige Nacht”. Fue respondido enfrente con el “Silent Night”, el villancico “Noche de Paz” en otras lenguas. Y siguieron otros: “Oh, Come All Ye Faithful” y “Adeste Fideles”.

Los soldados salieron entonces de los pozos de fango en que se habían convertido las trincheras, cremaron o enterraron los restos de los caídos que llevaban semanas bajo el frío invernal, se dieron la mano en medio de la tierra de nadie –ahora de ellos–, intercambiaron cigarrillos ingleses por schnaps y caramelos alemanes y no tardaron en jugar al fútbol con una pelota de verdad aportada por un militar precavido. Los puntiagudos cascos alemanes delimitaban los arcos y no se oían cañonazos, sino gritos de “goal” y “tor”. Los Fritzs les ganaron a los Tommies 3 a 2.

“La noche pasó como en sueños”, escribió el soldado británico Henry Williamson. “Descubrimos que los del otro lado no eran bárbaros, como se nos hizo creer –declaró el escocés Alfred Anderson–, eran como nosotros.” “Nos separamos estrechándonos las manos largamente y deseándonos lo mejor”, anotó en carta a su familia Percy Jones, de la Brigada Westminster. Abundan en esas misivas la mención “soñando despierto”. Los altos mandos franceses negaron lo sucedido, pero Víctor Granier, tenor de la Opera de París, interpretó “Minuit, Chrétiens” y Walter Kirchoff, un astro de la Opera Imperial de Berlín, cantó para los ingleses.

Los jefes militares estaban presos en su indignación: la guerra debía seguir, la matanza debía seguir en aras del interés nacional de cada quien. El general sir Horace Smith-Dorrien ordenó cesar los contactos con el enemigo porque “debemos conservar nuestro espíritu de lucha para acabar con esta guerra rápidamente”. Más rápido hubiera sido ponerle fin: el armisticio se firmó cuatro años después con un saldo de diez millones de muertos y 20 millones de heridos.

El 25 a la mañana se ofició una suerte de misa por los muertos de los dos ejércitos y la confraternización continuó. Como las tropas de reemplazo de los “pacifistas” tardaban en llegar, la tregua se prolongó varios días. Los cañones inauguraron el 1915 creando un Año Nuevo inédito para casi todos. George Wilson, de la 3ª Compañía de Rifleros de Londres, escribió en su diario: “Nos separamos sabiendo que difícilmente nos volveríamos a ver”.

Los capitanes Miles Barnes y sir Iain Colquhoun, de la 1ª Compañía de Guardias Escoceses, intentaron convertir esa tregua en tradición: en la Nochebuena de 1915, efectivos británicos y alemanes sólo se mezclaron media hora en la tierra de nadie, pero durante todo el día de Navidad se sentaban en sus respectivos parapetos a la vista del enemigo sin disparar un tiro. Una Corte Marcial juzgó a los capitanes y el hecho ya no se repitió.

En un mundo que no conoce un solo día de paz desde 1939, con una guerra siempre en algún rincón del planeta, esa tregua parece una ficción. Será que la Naturaleza imita al Arte, como observó Oscar Wilde.





Él pinta monstruos de mar y otros cuentos

10 11 2011

Carátula de la antología con el cuento ganador y los doce finalistas.

Anoche fue la celebración de los treinta años del Taller de Escritores de la Universidad Central, y de un magnífico reconocimiento al maestro Isaías Peña por su asidua labor en la formación de escritores desde la fundación del TEUC (Nuevamente, felicidades, maestro).

En el marco de la misma, se lanzaron las publicaciones de los ganadores de los concursos de novela corta (El hombre que imaginaba, de Germán Gaviria) y de cuento (ganador Alejandro Cortés y doce finalistas, entre los cuales se cuenta este servidor). Como este es un espacio, entre otras cosas concebido desde la autopromoción y blablabla, les dejo el cuento con el que casi, casi, casi…

RUMBLE IN THE JUNGLE

You know I’m bad.
just last week, I murdered a rock,
Injured a stone, Hospitalized a brick.
I’m so mean, I make medicine sick.
I’m so fast, man,
I can run through a hurricane and don’t get wet.”

Muhammad Ali

Tu primer pensamiento, vago, lento, es como la imagen de una película: negro, luego las paredes de un pequeño salón, los colores difusos del lugar, y de nuevo negro. Te cuesta trabajo, pero en la tercera repetición de la escena, tras el segundo parpadeo, identificas un casillero, los baldosines sucios que cubren la pared desde el suelo casi hasta el techo, el tinte verde opaco del piso y tus pies, colgando.

Algo te obliga a mantener la cabeza hacia abajo y un zumbido en los oídos, el eco de una multitud, es lo único que sacas del entumecimiento general de tu cuerpo. Leer el resto de esta entrada »







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