Cada vez que cierro los ojos aparece, en el fondo, un hombre diminuto que se queja y llora y maldice la suerte de estar encerrado en un lugar imposible entre mi garganta y mi pecho.
Está allí como un tatuaje en las venas. Cuando lo veo me compadezco de él y me entran unas ganas incomprensibles de arrancarme el llanto de un tajo.
Es mi padre, diré esta noche.
Es yo que no ha parado de beber, dije mañana.
Es la muerte que se disfraza y espera agazapada en mi tórax, me digo la semana pasada.
Y la cosa se agudiza con el tiempo, es algo que crece hasta invadir mi cuerpo. Todo parpadeo es un vistazo al interior, anuncia la maldición de un espectáculo que rechazo con cada latido, con cada gota de sangre que retumba en el corazón.
Resisto. No duermo. No cierro los ojos.
Al cabo de unas horas se empiezan a secar. Arden. Amenazan con caerse y entonces me pongo las manos en ellos y, como quien quiere frenar el derrame de una cascada desde la piedra más alta, caigo al interior y casi me ahogo en sus aguas oscuras.
Imposible.
Ni hablar del sueño.
Todas las noches me visita una pesadilla patética, no asusta, no pasa nada, pero no me deja soñar otra cosa: el hombrecillo grita y pregunta por mis hermanos y sus hijos y los hijos de sus hijos; y yo, que no controlo mis pesadillas, tengo la boca cosida para hablarle y no puedo responder y es entonces cuando eyaculo una palabra.
Sí, señores, cuando tengo pesadillas, eyaculo una palabra.
Amanezco con ella pegada al cuerpo, rancia, muerta, indescifrable y no recuerdo lo que decía. Pero sé que estuvo ahí, que la soñé con la fuerza de mi sangre en las sienes. La recuerdo como si hubiese parido una aguja, una cuchilla de afeitar, una enorme sierra para degollar paisanos.
Me despierto a medianoche y escribo este poema, una y otra vez escribo este poema. Soy Sísifo, empujando esta roca por la pendiente de mi espalda.
Lo he intentado todo: pegarme cintas en los párpados, clavarlos con puntillas a las cejas y el pómulo, comprar un telescopio, disparar una cámara fotográfica, estafar al vecino para quedarme con el ojo de la cerradura y poder espiar a su mujer.
Es inútil. Tarde o temprano vuelvo a parpadear. El horror me llama desde adentro.
Pensé en comprarme una pistola, pero no la uso por temor a morir con los ojos cerrados.
¿Alguien conoce la fórmula para convocar a la muerte por espanto y quedar con los ojos abiertos, como dos soles secos anclados a un punto infinito?
Opté por la cuchara como una forma de emular a Edipo. La cuchara, hermana del pobre y su plato de lentejas. Cuando la miro su brillo de plata es una promesa. La acerco a la cuenca de los ojos, estudio el ángulo de entrada, la fuerza de empuje, el punto de apoyo.
Soy un experto en anatomía del ojo que mira por última vez la calle desde su ventana. Alguien grita afuera. Un gato rasga la calle. Un ladrón emprende la fuga.
Huele a asfalto.
Pronto
Va a empezar a llover.